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Carta #9: Es verdad


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Hola.


Espero que esto no se vuelva costumbre. Nos volvemos a hablar después de el tiempo exacto, y esto no me gusta para nada. Quiero ser breve, siento que si gasto más palabras en las cosas que quiero decirte, terminaré en un vórtice que me podría aniquilar. Las palabras me pueden enredar y quizás te quedes aquí por no sé cuanto.

Entiéndeme.

Entiende que no quiero que sigas acompañándome. En este punto te lo digo a ti y a mí también, porque sé que mis portales se abren cuando te asomas y se envician con dejarte entrar a ver qué tanto daño haces, para luego estar apurados para vomitarte. Eso no es bueno para mí. Honestamente quiero destruir todo y olvidarme que exististe en algún momento. No sé qué hice para tenerte rondando por mi zona de paz. O bueno, sí sé qué hice, pero tú sabes que eso no fue mi culpa.

Te cierro todo.

Te cierro las puertas, las ventanas, todo. Te apago las luces, incremento la seguridad, te cancelo, todo.
Me borro la memoria, me olvido de ti y destierro los lugares que fueron pisados por ti. Se lo dejo a la vida, al universo, a Dios, que dispongan de mí, y me guíen y me llenen de luz y del amor que corre por mis venas.

Adiós.
Adiós.
Adiós. 

Carta #8: ¿Qué tal?


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Hola.


Así que eres el fantasma. Oye, qué lindo fantasma eres, si no fuese porque no soy tan masoquista, te pediría que fueras mi amigo. Ahora entiendo por qué eres tan difícil de hacerte desaparecer. ¿De verdad eres de los que se queda por el resto de la eternidad? En algún punto de mi mente juraba que eras de esos que no sufrieron cuando vivos, y hacen visitas por hobbie, pero ve, no te has ido. Quizás es un deseo absurdo que tengo de que te vayas, y lo exteriorizo a tu realidad. ¿Te vas a ir? 

Por favor, vete.

Normalmente solo me dedico a hablar con los míos, pero a ti te escribo cartas. Una parte de mi quisiera verte en alguno de mis sueños, charlar un poco, preguntarte muchas cosas, saber por qué moriste y por qué decidiste estar en mi mundo. Lo sé, vienes por añadidura pero, ¿no te cansas? Yo no me canso, jamás, así termine en estado terminal. Siempre busco una manera de seguir. Pero en serio.

Por favor, vete.

No es necesario que me apuntes y me digas egoísta, yo sé que lo soy. Yo sé qué deseo y precisamente verte vagando por aquí no es algo que tenga en mis planes, pero como puedes observar, no te puedo ni barrer, ni esfumar, ni absorber con mi aspiradora. Debes irte por tus propios medios, por tus propios miedos, y por los míos. De paso te los puedes llevar también, no los necesito y de verdad extraño mucho respirar con normalidad.

Pero espera.

Antes quiero aclararte por qué quiero que te vayas, y no lo describiré detalladamente, ni escribiré un periódico de razones porque simplemente no las tengo; sin embargo apuntaré lo obvio y te lo repetiré.

Oye,
estás muerto.
Yo,
estoy viva.

Si prometes jamás volver, yo prometo jamás volver a escribirte.

Sinceramente te abrazo, y te suelto. 

K.

Pd: Pensándolo bien, dame mis miedos, yo me encargo de ellos. No quiero una razón más para que me ates a ti, aún así no lo desee. 

Carta #7: Carta a una extraña, que está en un lugar lejísimos un domingo cualquiera.


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Dicen que todos los domingos son como el fin del mundo
¿cómo sobrevives a ellos?
”Esta carta nació de #HelloStranger Escrita el 15 de enero en la mañana
y reescrita hoy 22 de enero.


Querida Extraña.

Siempre he tenido una curiosa relación con los benditos domingos; nunca puedo predecir a donde se dirige o qué quiera hacer con mi vida. ¿Que si es como un fin del mundo?. Sí, claro y de hecho siempre lo he considerado, al igual que cualquier otro ser inteligente.

El invento del domingo como el fin del mundo se da con los años. Recuerdo que en mi niñez añoraba los domingos y sus miles de oportunidades; las idas al mar, la excusa de poner mis pies sobre la tierra húmeda y la oportunidad de conocer otros niños disfrutando de su día preferido. Éramos libres en la tierra y nos metíamos en el mar. Creo que nuestra única preocupación se reducía al clima. Deseábamos más que nunca que el sol estuviese en todo su esplendor, porque sabíamos que nuestro "mundo" se acabaría cuando el atardecer se asomara. Irónico, porque en mi presente lo que más anhelo es que el sol se esconda, para poder decir victoriosa que sobreviví a un domingo.

Y es realmente curioso, cómo es que la visión cambia aunque la posición del sol sea la misma. Cíclica, pero nosotros no. ¿Sabes? No sabría cómo decirte si he sobrevivido más domingos de los que he morido. ¿Morido?. Morido. (Jeje). De igual modo a veces por mero masoquismo dejo que el domingo me lleve con su calor particular, y sus noches húmedas, frustrantes y silenciosas. Por desgracia -o quizás por fortuna- no he compartido con muchos lo que significa el domingo para mi. Todos lo viven cotidianamente, algo que se puede solucionar con un poco de música y una simple cerveza. Ah si, y con compañía. Creo que en el fondo habrán miedos de quedarse solos un domingo con su mente e ideales, por lo tanto huyen de todo; en cambio yo, hago lo posible para escuchar todo lo que pueda: desde mis pálpitos hasta la sangre que corre por mis venas, y me confirma que sí, que estoy viva y que otros problemas van a llegar a mi de manera inevitable.

Extraña, ¿me permites darte un apodo de cariño? Vamos a llamarte Clemencia.

A pesar de que soy una mujer de pocas palabras, disfruto mucho enviarte esta carta, y tengo el presentimiento que poco a poco, harás que te cuente historias, al punto de que te cansarás de leer mis constantes ramificaciones. No importa, de eso se trata conocerme. Y lo siento, si reviví hoy lunes para poder contarte todo.

Y para finalmente, responder a tu pregunta:

Yo
No
Sobrevivo
Los
Domingos.

Los
Domingos
Me
Hacen
Sobrevivir
El
Resto
De
La
Semana.

Es más. Te voy a compartir algo de afuera, para que me entiendas por qué te digo esto. Yo dije alguna vez que no es amor lo que necesito, y creo que aquí explico mi relación particular con los domingos. 


Y tú, ¿cómo lo sobrevives?

Ven acá, ¿y si me muestras cómo lo haces, y vemos cómo lo sobrevivimos en compañía?, claro, por las letras.

Un abrazo, Clemencia.


Rizos.


PD: Aquí pueden ver la respuesta a la pregunta: Todos los domingos son como el fin del mundo, ¿cómo sobrevives a ellos? para la sección #HelloStranger con @clemsinoxígeno 

Carta #6: ¿Un cafecito?


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Oye, mira que la vida es corta, y no hay más tiempo para
resentimientos.


Caminemos, y comamos un mango biche mientras lleguemos al café.
Debatamos y haz el pergamino que me convenza de darte la semilla del mango.
Riámonos un poco, y burlémonos mutuamente por cual es más torpe.
Contemos cuantas líneas pisamos, y frustrémonos cuando miremos al frente y nos demos cuenta que nos volvimos a perder.

Ven, y cuando lleguemos al café, sentémonos en una mesa distinta,
y pidamos algo fuera de lo habitual. Yo aprendí a tomar fruppés.
Rompamos el silencio incómodo con preguntas capciosas, y partir de ahí. No será difícil.

Aprovecha y me explicas ese repentino amor por el fútbol, yo te hablaré de bobadas.
Pero no ahondemos en los temas que duelen, al fin y al cabo el café es para las charlas densas.
Por eso pediré un fruppé, y tú pedirás un té de frutos rojos, porque "moraditos" de ese tipo no hay.

Después respiremos profundamente, y recordemos poco a poco lo que era la amistad.
Pero sin mencionar canciones que tengan lugar y nombre. Compartamos el gusto.
Tengo muchas canciones que te van a gustar. Es mi bandera blanca.

Recordemos nuevamente, que antes de la tormenta todo era azul, sin ningún ápice de turbulencia.
Y nos iremos, te dejaré donde siempre lo hago, y yo partiré hacia mi camino.


Y si nos va bien,
y si el universo lo permite...



¿Nos tomamos un cafecito?

Carta #5: Carta sí deseada.


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"Querida amiga que no pudo ser.

Muy buenas noches.


¿Recuerdas cuando caminábamos sin rumbo, por ahí, viendo los edificios, los bailarines, los transeúntes en general? ¿Recuerdas que decíamos que nos diríamos cuando encontráramos a las personas de nuestras vidas?
Bueno, tengo, aproximadamente, dos años y siete meses tratando de decirte eso; porque nos lo prometimos y yo suelo cumplir mis promesas.

Te cuento, que nuestras historias se parecen mucho, quizás es porque así estaba destinado, cosa que lo hace mucho más divertido, y es algo que amaría con mi vida compartirlo con un café, o con un latte, esos que te encantaba tomar. Siempre admiré tu gusto por las cosas dulces, yo jamás podría.
Pero por giros -esperados- de la vida, esta conversación que estoy teniendo contigo jamás pudo ser, porque estás cerca, pero estás más lejos que una persona privada de su libertad en Korea del Norte.
¿Ves? Aún no he cambiado mi manera hipérbole de decir las cosas.

Me llena de felicidad que pudimos cumplir nuestras promesas. que encontraste al ser que va a llenar tu vida de felicidades e infortunios; ese alguien que alimentará la sed de amor que alguna vez tuvimos y las confrontaciones que jamás pasaron por nuestros labios. Estoy muy feliz, agradecida con la vida, y con el universo que fue justo, y jugó a tu favor. En realidad, le agradezco cada vez que puedo, por dejarte ser feliz, porque a pesar de los escombros, las palabras y las emociones encontradas, fuiste en busca de tu felicidad, y te agradezco, por enseñarme a tener tenacidad, y luchar por lo que uno ama. Gracias.

Teniendo eso claro mi querida amiga, ahora te contaré de mí. Como ya deberías saber, seré breve. 
Quiero que sepas que también lo logré. Pensé que iba a ser imposible en algún momento, no solía ser tan fuerte como tú; siempre tuve miedo de los cambios y lo sabías, siempre lo supiste; pero pude hacerlo, la he encontrado al fin, esa que tú me describías entre risas y diminutos celos invisibles. 
Imagínate, no sé si estoy como tú, pero puedo decir, sin miedos y sin ningún agüero que me derrote, que encontré lo que me faltaba, y ella encontró lo que le faltaba.  Te puedo decir con toda certeza, amiga, que encontré al amor de mi vida. ¿Puedes creer?

Sabes que soy una persona complicada, y con muchos defectos...

Defectos que he ido vetando de mi vida.

Pero... Lamentablemente, los malentendidos y las emociones erráticas nos dominaron por un buen tiempo. Todavía lo hacen, y hasta la luna de hoy, querida amiga que no pudo ser, aún duelen. Pero, ¿quién soy yo para volver a señalarte, si lo único que hiciste fue buscar tu felicidad? Perdóname, me demoré un tiempo en caer en cuenta de esa realidad tan, pero tan bonita. Te admiro por eso.
Y aunque, pueda decir que la persona que más salió lastimada de toda esta amistad extraña fui yo, te aplaudo, por ir a buscar eso que casi nadie en el mundo obtiene. Si fuesen otras circunstancias, yo te daría un sermón de una hora, con regaño incluido, motivándote a que hicieras exactamente el daño que me causaste, pero que al final del día, fue lo mejor que pudiste hacer en tu vida. Me siento orgullosa de ti. 

Te perdono, y perdóname, por las cosas que el cerebro no puede controlar.
Pero lo que más me duele, es que esta carta se va a quedar aquí, esperando a quien sabe qué año, la puedas leer; y que aunque ya muchas circunstancias de la vida nos separe, sabes que lo inevitable, es algo que hay que dejar fluir.

Te confieso que te extraño, no a ti como mujer, no a ti como quien compartió conmigo dos besos, no como a alguien que tú sabes qué; sino como la cómplice, que yo estoy segura hasta las patas, que estuviera celebrando mi felicidad, así como yo en secreto, celebro la tuya.  No cerré las comillas, porque esta carta no se acaba, hasta recibir tu respuesta.

Deseo para ti, una vida llena de todo lo que mereces, amiga. Amor.

Cordialmente y desbordante de felicidad,


Yo.

Carta #4: Carta no deseada


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Confesionario nº 419
Diatriba amorosa



Querida piedra en mi zapato:

Buenas noches.

No sé, creo que Bach desde su tumba escuchó las incontables diatribas que le dediqué cada vez que escuchaba su sombrío y perfeccionista nombre, y me propició un escarmiento transformado en una noche, esa cuando te conocí. No puedo sacar otra conclusión. Esta carta es precisamente para contarte todo lo que anhelabas saber sobre mí, de ti, de nosotras, y el desgano que te tenía, ¿ya ves? me demoré un poco más de un año en responderte. No puedo decirte que fuiste la base melódica de mis desgracias y réquiems desafinados, pero ojalá lo hubieses sido para tener con qué enviarte a lo más recóndito de la humanidad, tu mente caótica y fatalista. Con eso tienes suficiente, creo. 

Desde el principio se veía la tormenta que no era precisamente perfecta, esa de la que me habías hablado maravillas e incoherencias que endulzan a cualquier visionario distópico. Sin embargo y muy a mi pesar, me embarqué en tu navío sin salvavidas con la espera a que se destruyera el mundo como lo conocíamos, mientras se formaba otro amorfo, uno aceptable para nuestros ojos. Solo tus mentiras se asomaron, y el navío jamás zarpó de ese muelle inútil. ¿Estás segura de que tus historias eran ciertas, o era uno de tus retazos de ideas estúpidas?

Es mejor dejar los vasos vacíos tal cual como deberían estar. Jamás podrán ser llenados, jamás podrán sentir algo más que el vacío infinito, algo así como lo que sentía yo todos los días cuando tenía que verte, y aguantarme las miles de cosas que merodeaban en mi cabeza, las que no me permití decirte por algo que todavía no sé qué es. ¿Empatía, lástima o amor? Perdona, lo último fue una broma. De igual modo, no todo fue malo, aprendí un centenar de cosas innecesarias para mi salud mental, pero útiles para la vida. Te agradezco mi amargura, tu don de convertir en piedra todo lo que tocas, de sellar mis emociones y sacar a flote esa sexualidad animal, esa que jamás conociste. Y menos mal.

Pero no puedo ser tan dura contigo, al menos odiamos al mundo al mismo son, y buscamos cosas hermosas en las tragedias, en las desgracias cotidianas. Esto y la soga para suicidarme, lo dejaré como un bonito recuerdo, y no lo mencionaré tanto porque terminaré creyendo que no fue real. 

En fin.

El punto es que ya no me interesa, ni tú, ni el tiempo que se supone que iba a darte.


Un abrazo, un beso y un hasta no sé. Ojalá nunca.

Katya.

Pd: De las cosas que más aprendí de ti, es que eres todo lo que yo no quisiera ser. Gracias.

Carta #3: A usted también debo decirle


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Respuesta a: "Si algo he de decirle", de Ella



Mujer,

Antes de empezar, quiero decirle que le he pensado mucho, y que en mi demora, buscaba una manera de pedirle disculpas, de esas que en sí, no tienen una razón en particular, solo disculpas, porque no puedo enumerar nada en este momento. 

Ausencia.

Lo sé, fue demasiada, y lo que empeora el asunto, es que además de perderme, mi memoria se fue con mi voluntad, y mis sentimientos están más extraviados que mi propia existencia. A veces pienso, que se escondieron de mí, que se cansaron de mis oscilaciones y disgustos intermitentes, matutinos. 

Usted y yo somos sinceras,

pero quizás usted más que yo, y no crea que me estoy abultando pecados por mi gran personalidad masoquista, o por los látigos que me doy diariamente por mero hobbie, por simple recordatorio de que estoy viva, y que ese látigo siempre va a estar descansando en la llaga más joven de mi espalda. No. Hablo de su transparencia con las palabras que vagamente, mi corazón le ha permitido que usted exprese. ¿Sí vé? Encontré un motivo de disculpa, el primero de tantos que logro imaginar en estos momentos. Ya veo por qué se siente como un soldado. Un soldado que al final del día, saltea mi terreno minado, tarareando canciones, y oscilando pensamientos que aún no dice, por miedo a que alguna mina estalle con tan solo la densidad de su respiración ¿Me estoy equivocando? ¿Estoy exagerando?.

Lamento mucho,

si la subestimé, digo yo, porque éste corazón hace parte de mi cuerpo, y mi cerebro es su hermano mayor. Yo soy el peón que recibe los golpes, y que los da de igual modo. Me coloqué en los pies de mi cuerpo y por mucho tiempo, perdí el mando de mi existencia, hasta las últimas lunas, que creo he logrado colocar una mano en el control de mi vida. En fin, usted no debería saber todas estas cosas, así que dejaré de hablar.

Mujer,

no sabe cuantas veces quise que usted tornara literal sus expresiones, a veces creo que fui exigente, y a veces creo que buscaba la fuerza que no tengo, he querido pensar en ello, pero ahora mi cabeza simplemente funciona en desespero para encontrarme nuevamente. Creo que todo ha tornado frustrante, y distinto, horriblemente distinto. Usted sabrá, que he sido inerte todos estos últimos años. 


Al parecer, usted puede ser, pero yo no lo puedo ver. 

 Perdida,


Incolora.




Carta #2: Antes de que te vayas.


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Inspirado por el escrito Antes de partir, de Ella.



Mujer,

Ya han pasado varias noches desde que leí la secuencias de tus cartas. Probablemente ya te marchaste, y probablemente creas que no me importó tu partida, que no me importaron los años, ni tus sonrisas.

Debería, odiarte. ¿Sabes?

Odiarte porque te marchas con solo una pequeña nota sucia, porque me subestimas, porque crees que no escucho tus silencios, ¿tú escuchas el mío? Ese, es precisamente el punto. Escuché cada susurro, cada lamento, y cada petición que se desbordaba en tu diciente mirada, y quedaba petrificada, solo por el hecho, de que necesitabas marcharte. 

Te respondí mil veces.

¿Por qué dejarme? Sé que no soy clara cuando tengo fantasmas merodeando sobre mis pensamientos, pero jamás te di un indicio de no querer seguir pasando el resto de mis días con tu aburrida y maravillosa presencia. 

Miedo.

Era, eres, somos eso. Temía pedirte que te quedaras, porque por alguna razón, siempre pensé que me responderías con algo tan tajante, y tan certero, una razón adecuada para largarte de mi vida, que preferí quedarme en momentos inciertos, en hacerme la sordomuda, y dejar que se te pasara, pues tienes la costumbre de aburrirte de todo, hasta de mi.

Y no,

No quiero que te vayas, pero tampoco quiero que me pidas que te diga que te quedes, porque si más no recuerdo, en el principio de los tiempos, dediqué mis ojeras y mis sermones, para hacerte libre. El espacio está vacío, al lado de mi sillón, el anhelo está en esta carta, el miedo me jala por los tobillos, y mis labios se sellan porque bueno, no fueron capaces de "llamarte"

No me he ido, pero estoy muda.

De nadie, pero al fin y al cabo siempre a tu lado,

Su otra mujer. 


Carta #1: Carta de desamor


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Hace setecientas lágrimas que no he vuelto a saber de ti.

Ojalá pudiera decir que te tengo presente todos los días, en mi mente, en mi existencia, en mis hábitos diarios, pero no, precisamente ese es el problema. No estás presente. Y es que te extraño con las hipérboles más grandes, de las que te burlabas, de las que te reías. Te extraño, desde mis ojos, hasta la longitud de tu sonrisa. 

No me sirve extrañarte, no me sirve querer amarte, y mucho menos desgarrarme el alma mientras espero a que vuelvas, si esto hacía parte de mi día a día. Es como amarte y no amarte, extrañarte y no, es lo mismo de todos los días, pero sin ti.

¿Me permites extrañarte sin tener que amarte?
¿Puede simplemente no dolerme?

Duele saber que ya no estás, dueles peor cuando te amo; dueles la vida, cuando sé que amas a alguien más, pero me alivia que ya no existas. Afortunadamente, todo el amor que alguna vez tuvimos fue robado por mi recuerdo, así solo me costaría amarte en mis adentros, y no en mis afueras.
 
No vale la pena extrañarte, pues sé que ya no existes, al darle fin a este amor, moriste conmigo y nuestros demonios. No vale la pena extrañarte, porque todos los días, estás conmigo, así sea en cenizas o en almohadas húmedas, pero conmigo.

El letargo de mi vida masoquista fue mi propio verdugo, y me somete, escribiéndote esta carta, una y mil veces, con la misma tinta, hasta tener la valentía de entregarla, o esperar a ahogarme en mis propias letras.

Ojalá pudiera extrañarte, como se supone que debo extrañarte.

Ya no te extraño, desde mis ojos hasta la longitud de tu sonrisa, sino que te extraño, desde mi alma, hasta el vacío, porque tu sonrisa se volvió borrosa, con el pasar el tiempo.

Ya no te amo, 
pero no puedo vivir sin ti.

Hace setecientas y una lágrima que no he vuelto a saber de ti.