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Evasión


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Hubo un tiempo en que evadí sentarme y mirarme desnuda frente al espejo. 

Evadí preguntarme quién era y qué me gustaba, porque tenía miedo de que la respuesta fuera lo que en el fondo ya sabía: "No sé. No sé quién soy, no sé qué me gusta, tampoco cuáles son mis pasiones." 

Lo único que tenía claro, 
era que era el caparazón de una mujer 
envuelto en el eco de las voces de mi madre, 
de mi padre, de familiares, de parejas fallidas, 
de amigos y del ruido 
incesante de la sociedad. 

Y al evitarme, viví todas las vidas que no eran mías en el intento de encontrarme en las supuestas cosas del "deber ser". Aunque nunca les encontré sentido, intenté con todas mis fuerzas —aun sin darme cuenta de que la fuerza es una de mis virtudes más grandes— encajar, comprender, amoldarme a esa infame palabrita llamada "expectativa". 

Afortunadamente, esos fueron mis pasados, y hubo un momento en el que el ruido cesó. Me quedé sin la persecución de las expectativas, pero también me quedé sin nada. En la nada. Y me gusta. 

Aprendí a ser en la vacuidad, porque en esa gran nada tengo el espacio para crear todo lo que se me ocurra. 

Así que, respondiendo la pregunta:

Yo
simplemente 
soy.

Fracaso.


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Opus 29.


Por vez primera también, 
el fracaso no me supo a pólvora 
y al hierro de la sangre. 

Esta vez, 
me supo a la dulce certeza de mi humanidad, 
al despertar para observar el sol— 
alcahueta, pero maldecido— 
o la maravilla del saber. 

No extraño esos días de desasosiego, 
por más atrayentes que sean, 
y es que la oscuridad también tiene su magia, 
tiene su sol y sus misterios, 
tiene la promesa del anonimato, 
tan maravillosa como la autenticidad de la luz. 

Así que, por esta vez, 
escojo este fracaso 
no como el pesante recuerdo de donde vengo, 
sino como el camino claro 
hacia donde mis pies van con determinación. 

Un fracaso es el éxito enmascarado, 
una bendición tras la destrucción de mis cimientos. 
Es la puerta que se abre para cambiar de rumbo,
la puerta que escogí.

Si es.


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El vino siempre me dio las respuestas. 


Esta vez no me ha dado absolutamente nada, solo estas ganas de hundirme, no sé si en el vino mismo, mis lágrimas o el mar que tengo en frente. 

Si es que me permito sentir. 

Si es que me permito admitir el sinsentido, en las olas observar lo que siento, y las conversaciones que tengo conmigo misma todos los días. Unas veces fuerte, otras débiles, pero siempre en ese vaivén con un argumento nuevo que me destroza, otro para entender y finalmente el que vuelve a golpearme. 

Si es que me permito aceptar. 

Si es que me permito entender que no he podido reconciliar mis pensamientos con mis sentimientos. 

Si es que me permito ser ese sol eclipsado por las nubes. 

No me gusta, para nada. 


Al menos sé con total seguridad, que estoy viva.

Cuando dejé de ser yo


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Sin opus.

Cuando dejé de ser yo, se abrieron mil caminos. Puertas y ventanas aparecían a lo lejos a medida de cada paso que daba, invitando a mis ojos para echarles un vistazo y dejarme seducir por las cosas nuevas que tenían por ofrecer. Cuando dejé de ser yo, preferí seguir mi camino hacia adelante, pues seguía ciegamente a una ilusión que me traía del pasado, ese pasado, cuando aún había ruido. Las puertas y ventanas quedaron abiertas y llenas de esa luz incandescente, esperando mi retorno. Cuando dejé de ser yo, aún no me había dado cuenta de ello y seguía arrastrando inocentemente cadenas y candados, quizás por el miedo disfrazado de cautela, y la sensación de que en un día cualquiera, iba a despertar en el caos que desprecio, pero que era mío, era conocido, era mi zona de confort.

Cuando dejé de ser yo, esa nada terrible se volvió un huracán. Los cimientos de mi mente se derrumbaban, pasillos desaparecían, recuerdos avistaron en mi memoria y me golpeaban en la cara. Como si de un cine mudo se tratase, todo se iba yendo, y yo solo observaba desde el silencio la destrucción de treinta años. Esa nada terrible, se convirtió en un vacío terrible. Sin embargo, ese huracán no se llevó mis cadenas ni mi ilusión del pasado.

Cuando dejé de ser yo, sentí la ligereza del cuerpo y el poder en mis manos. Me sentí dueña y señora de lo que me rodeaba y quienes me rodeaban. Me sentía justificada por lo divino, una autoridad del mundo terrenal simplemente por el silencio de mi mente. Caminaba en ese vacío esperando no encontrarme nada, incluso mi ego, porque pensé que ese se había ido la misma noche en que sentencié la renuncia a mí misma. El ego, acaparó el vacío y empezó a construir nuevamente a mis espaldas. Yo, estaba distraída siguiendo ilusiones y habitando en las fantasías de antaño.

Cuando dejé de ser yo, una luz brillante me encegueció. No vi venir la realidad con toda su furia. No vi venir cómo me iba a golpear. No vi venir el estremecimiento de mi cuerpo, y mucho menos vi venir cómo me iba a desnudar. Me quedé sola. La ilusión se esfumó de mi lado, y pude ver las cadenas que aún llevaba a cuestas. La sensación de autoridad desapareció, y pude verme nuevamente como esclava. El poder de mis manos intensificaron, y pude ver cómo intentaba ahorcarme. La ligereza de mi cuerpo se convirtió en un lastre, y pude ver como manos ajenas agarraban sin tacto mi cuerpo, me embriagaban con sus alientos fétidos, envenenaban los oídos con susurros dolorosos, accedían violentamente a mi dignidad y se burlaban de mi ceguera, de mi estupidez. Y en esa realidad solo podía ver mi reflejo contusionado y atrapado en esos cuerpos fétidos, solo que para mi sorpresa, todos eran el mío.

Cuando dejé de ser yo, dos universos intentaron cohabitar dentro de mí, pero fueron consumiéndose poco a poco hasta dejarme sin nada más que los recuerdos y la desesperante realidad. Todo era yo, siempre fui yo, la que se convertía y se encargaba de repetir abusos y violencias, la que usaba las máscaras de los demonios del pasado, para seguir con su legado.

Y allí fue, cuando abrí los ojos y dejé de ser yo, que me di cuenta de lo inevitable. Ya no hay ruido, ya no hay demonios merodeando, ya no hay basura que sacar ni mucho menos cosas que destruir. O sí, a mí.

Ya dejé de ser yo, y ahora no sé quién soy. 
Solo sé, que el vacío terrible ahora es una casa iluminada con muchas puertas y un jardín hermoso.
Que no vivo con el ego disfrazado de amor.
Que ya no me estoy ahorcando, ni violentando.
Que el único peligro era yo misma.
Que soy un grano diminuto.
Y que el amor es lo que me hace vivir.


No volveré a ser esa. 


Cuando no hay ruido


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Sin opus



Cuando no hay ruido, puedo sentir que mi respiración pretende unirse con el viento que golpea mi rostro. También, puedo sentir fluctuaciones en los latidos de mi corazón. A veces pienso que es una isquemia miocárdica, y otras veces una reacción física a lo que está por venir. Una corazonada, si lo reduzco a un coloquialismo.
Cuando no hay ruido, mi espalda se tensa por inercia, pero entonces recuerdo que el peligro ya se fue, y me permito reposarla en alguna pared. Luego, se vuelve a tensar y así, sucesivamente. 

Cuando no hay ruido, mi mirada se queda fija en una hoja, en una piedra o en la interacción de los animales, y me obsesiono con saber en qué están pensando, cuánto tiempo lleva esa hoja ahí, o si la piedra ya existía antes de nosotros habitar en los cimientos que hemos construido a través del tiempo, increpando la reconstrucción de la naturaleza misma.

Cuando no hay ruido, las preguntas apiladas que tengo en mi mente van perdiendo importancia, como si se respondieran solas cada vez que esbozo un suspiro. Eran muchísimas preguntas, creo que infinitas y en constante formulación.

Cuando no hay ruido, pienso en todas mis realidades, y aunque antes aseguraba que no me había tocado vivir en la mejor de todas, siento que en cada una de ellas, estuviese precisamente en el mismo espacio en el que habito ahora, haciéndome estas preguntas, y escribiendo estas letras. Estoy donde se supone que debo estar; y ya no imagino una realidad en donde no esté sintiendo este silencio, a pesar del ruido ambiente caribeño que me acompaña todos los días. El silencio habita en mi mente, el lugar más caótico de mi ser.

Y bueno, es que ahora solo hay silencio. Sobre todo, a la hora del café y los minutos de tregua que me da, antes de compartir mi mundo con el resto de los que habitan en este planeta. 
Creo que he aprendido a entender mi soledad con el caos y ahora, cuando no hay ruido, no hay flagelaciones o tormentos que cincelan mi corazón. Esa era una de mis muchas malas costumbres. Me flagelaban en compañía, en soledad, con tragos, en un baile o con amigos, simplemente existía y yo cohabitaba en ese infierno paralelo, que se había vuelto mi zona de confort; una compañía extraña que mutilaba todas mis añoranzas, pero por lo menos me daba la certeza que, de donde estaba no iba a salir, así no perdía el tiempo intentando soñar cosas imposibles.

Sigo aprendiendo a entender mi soledad ahora que hay silencio; sin embargo el cuerpo reacciona instintivamente al pasado y se tensa ante cualquier novedad, como esperando la sentencia de los recuerdos. Y la verdad, es que a veces temo que algún día voy a despertar retrocediendo en el tiempo, para golpearme con la realidad de que nunca hubo silencio, y que toda esta nueva luz haya sido producto de mi imaginación desesperada por atreverme a soñar un poco, o a creer que las realidades sí se cambian.

Como decía, el cuerpo reacciona instintivamente; así que dejo que siga reaccionando y fluctuando, mientras me acostumbro a disfrutar de este presente, hasta creer que ya es mío, habito en él y el ruido jamás volverá.

Supongo, que esta es mi extraña manera de decir que por primera vez, experimento la tranquilidad de lo inevitable.

Expresión


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Habla.


Siempre he tenido un gran conflicto con la expresión, el poder esbozar y reunir las palabras correctas, abrir la boca, contar mi verdad y es irónico, porque suelo desgastarme el alma en las letras. 

Quizás algunos dicen que soy secretiva, o que soy un misterio; yo le llamaría más bien miedo al ser, y no por ser yo alguna insignificancia, o porque sea una idealista más en la caterva de perdedores, o quizás una romántica empedernida y anacrónica, o sea yo una ignorante más del mundo. Creo que el sonido vibra, y cuando resuena en mis afueras, todo se convierte en realidad. 

Las palabras que han salido de mis labios se materializan en muchas realidades, casi siempre dolorosas, ¿entonces para qué hablar? ¿Justo ahora?
He estado en silencio eones, escribiendo mis deseos en un retazo de papel que dejo por ahí a la deriva, como si alguien fuese a encontrarlo algún día. Quizás eso deseo, escribir siempre entre líneas y ver si alguien lo descifra, o escucha mi grito.

Siempre he tenido un gran conflicto con la expresión, el amor que cargo en mi cuerpo es el universo mismo, y aparentemente es demasiado. Quizás es verdad, y posiblemente ese sea mi karma; porque si hablo, rujo, gruño, grito y despedazo mi garganta, colapsaré. Por eso no hablo y tampoco grito.


Pero tengo más cansancio que miedo, 

y mi demasía no es tanta.

Ir a ello


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Opus. 1

Es una nueva sinfonía

 

Ir a ello.

Con una fuerza magnánima que emergió de mi cuerpo como un volcán después de haber estado inactivo por décadas, con una furia inquebrantable, con los miedos cesando, con mi ego de mi lado y mi espíritu guiando mi camino.

Ir a ello.

Después de que una luz resplandeciente aclaró mi camino, después de entender que no caminaba al abismo, sino que iba en círculos repitiendo historias, experiencias y sufrimientos.

Ir a ello.

Porque respiré por primera vez, porque mis ansiedades y disgustos desaparecieron, porque sentía que iba a explotar, porque las ganas aparecieron de repente.

Ir a ello.

Y sentir la dulzura de lo efímero, de abrazar recuerdos y soltarlos, y dejarme sentir los detalles, y sentir como una endemoniada, y apaciguar los dolores, y amar libremente.

Ir a ello.

Para abrir la boca, para romper el canal de las letras y empezar a gritar, para expresarme y dejar fluir a este universo condensado, para decir mi verdad.

Ir a ello 

Mientras abro los ojos y absorbo esta nueva realidad, mientras los caminos se abren y la luz resplandece, mientras que la intuición guíe.

Ir a ello,

Desde el espíritu.

Algo


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Sin Opus


 Hay algo que me detiene aquí.


He visto la reminiscencia de mi pasado y cómo se desdibuja con el tiempo, a contrario de otros momentos, donde llegué a pensar que el pasado sería eternamente mi presente. He visto cómo recuerdos se evaporan lentamente de mi ser y aunque, esto suene a la fantasía de muchos, también me han dejado dentro de una nada terrible, un vacío indescriptible, la expansión del universo condensado en una mente víctima de la mortalidad. 


Hay algo que me detiene aquí, en este instante.


Han quedado cosas apiladas, justo en el callejón donde guardaba todos los dolores que nunca dije en voz alta, y ha sido costoso deshacerme de ellas. Hay días en que pesan mil toneladas, me canso. Y en toda esta nada me encuentro sola, de pie, esperando mi próximo capítulo. 

Todas mis sensaciones han sido cíclicas y aunque únicas en sus características, es una misma historia que empieza desde diferentes partes, pero esta nada detuvo mi caminar ovalado y me dejó caer a una realidad que creí era solo la utopía que creé en mi mente. La única utopía dentro de las constantes distopías que creo diariamente para distraerme de lo que realidad anhelo.

Quizás es eso lo que me detiene. Abrir los ojos por primera vez, y amar mi nueva realidad. A fin de cuentas, atraemos lo que irradiamos y el universo se encargará de todo lo demás.

Entonces, empecé a moverme.


¿Y el tiempo?

Cronos ya no me importa.




 



29


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Sin opus.

 Caí a un abismo.

Y no voy a negar que al principio sentí que iba a morir.


Toda víspera es igual. La zozobra, el sinsabor, las expectativas que cada vez se hacen más mínimas. Cada año es más difícil y son más las preguntas que respuestas. La vida no es más que un ensayo y error, un juego de decisiones y consecuencias; o eso pensaba yo todos estos años. Sabía que estaba perdiendo tiempo, pero no el por qué. He ahí mi obsesión con el tiempo, con el hacer, con el no poder hacer, el no servir, el no aportar, el no encajar, si es porque vivo en el occidente, o si es porque amo desmesuradamente sin temor a ser lastimada. He pensado en todo, y he embriagado mi mente cuando me cansaba de resolver esto; resolver -me-

Caí a un abismo.

Sentí que iba a morir en los primeros segundos, luego esos segundos se hicieron horas, semanas, meses y seguía en caída.


He vivido dentro de expectativas de amor, desamor, ira, lujuria, filosofía, creatividad, espiritualidad y todas las cosas que nos denominan seres humanos. Perdón, pero aún no le encuentro el sentido a nada, y siento que, al pasar los años, menos sentido tendrá la vida. Tampoco entiendo nuestras misiones y nuestros castigos, así que decidí no entender nada más porque luego cerraré los ojos y cuando los abra, preparada para empezar a vivir, estaré frente al féretro… nuevamente. 

Y sigo cayendo.


Así que, universo.

Ya viví, ya amé.

Ya sufrí, ya me divertí.

Ya tuve control, luego lo perdí.

Ya crecí, y cada vez me hago más pequeña.

Ya abrí los ojos, y me veo infinita.

Ya me hablaste en canciones, te reíste en mi cara.

Ya me tienes en tus manos, soy tuya. 

Voy en picada.

Finalmente, caí a tu abismo.

Y cuando aterrice, ¿mis ojos estarán abiertos o cerrados?


Nos vemos, cuando tenga 30.

Dilema


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Mi dilema es un péndulo infinito, como mis rizos. 

El dilema de sentir y no, de abrir los ojos cuando sale el sol, cuando me ahoga y me arranca las sábanas, las únicas que me permiten profundizar en lo que no puedo esbozar. Todavía no sé si es por miedo o por coraje. 

El hecho es que el coraje me ha puesto en situaciones precarias, donde una de mis muchas muertes está asegurada. Sé que estoy divagando y buscando en lo más profundo de mi ser alguna coherencia, algo que se centre en las ramificaciones de mi mente. Una respuesta, una llamada, una señal de humo, algo que me grite, destruya mi cuerpo y me obligue a detenerme. 

Detener mi camino, detener esta cosa que palpita y quiere salir de este secuestro. Esto es así porque he dedicado mi vida a cavar mi propia tumba, donde he puesto los más íntimos deseos, los más puros anhelos y el egoísmo que me caracteriza, pero que me niego a admitir. 

Constantemente vacilo entre mis sentimientos y pensamientos, como si el sentimiento fuera una maldición y por eso estoy maldita, por emborracharme a puerta cerrada en todo esto que considero prohibido, mientras retoco la armadura acabada que llevo día tras día. Así que me despojo de mí misma ante la oscuridad, donde finalmente logro la comunión conmigo misma, con mis demonios. 

Y esperar, esperar el arrullo del viento, rogándole que me tome en su corriente, y con toda su furia, dejarme en la oscuridad, donde pertenezco, antes de que el sol me recuerde lo infeliz que soy cada vez que abro los ojos.

Sincantora


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Consideraciones intempestivas.
Sin  Opus.


Quisiera decir que salí de esta guerra victoriosa,
incólume, bendecida.

Más bien, parto desmembrada,
descerebrada y desesperanzada.

Sin calor ni amor,
sin tacto y sin aliento.

No encuentro disimilitud alguna,
al estar muerta o en este letargo desesperante.

¿Cómo mover las piernas y deambular?
Las perdí intentando alcanzarte como una anómala,
como una absurda, una borrica.

Te llevaste todo.
Hasta la fuerza para odiarte.

Tiempo (IV)


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Sin opus.

Quiero empezar con una sonrisa amarga. Quiero pensar que esta sonrisa nace del oxímoron, eso que siempre he catalogado como el sentido, o dirección de mi vida.
Anteriormente, me he quejado de tener tiempo, de no saber qué hacer con él, ya sea en desgastarlo en una, en la otra, en todas y ahora en ella.

Ella, que logró que el tiempo se detuviera.
Ella, que dejó el reloj en una gavetilla; y ahora repiquetea infinitamente a grandes velocidades.

Yo no quería tener más tiempo. Yo quería amordazarme, hacer lo imposible para detener el tic-tac que golpeaba mi cabeza. Lo que sea, para sentir que la vida no se acortaba, y que el tiempo en realidad sí se podía detener. Pero no.

Tengo rabia conmigo y con el tiempo, porque vi la gavetilla y escuché el repiqueteo, más fuerte que nunca y con voces alarmantes, apocalípticas, diciéndome que huya, desaparezca, desvanezca, muera y que el mundo se encargue de hacerme volver a nacer en lo más recóndito del universo.

Tengo rabia conmigo y con el tiempo, porque ahora escucho que he perdido todo, y que el tiempo no se detiene; todo era una ilusión y el repiqueteo seguía cincelándome, solo que tenía un alma que me ensordecía y me hacía olvidar; y hablo en tiempo pasado, porque ese reloj en esa gavetilla ya tiene telarañas, y hoy sólo pude verlo. 

Recuerdo mis tiempos pasados, cuando decía que estaba dispuesta a dejar todo de mí a las remembranzas de las demás, si es caso que se lleven pedazos de mi, con tal de desprenderlas de mi vida. Siempre he buscado salidas mentecatas para despojar mis problemas y dejarlas en el olvido, y hoy me pesa como nunca antes me ha pesado.

El tiempo me enseñó a identificar los dejavú. Ahora bien, no siento un dejavú; siento un capítulo nuevo que se escribe sin letras, pero con remolinos garabateados como las manecillas del reloj, todo como burla, como un juego que quise liderar y nunca tuve oportunidad, y todo por dejarle mi reloj a una incauta dueña de mis amores. Nunca más.

Quisiera tener más tiempo.
O en realidad no.
Quisiera no tener más nada.
Quisiera que dejaran de llevarse pedazos de mí.

Quise empezar con una sonrisa amarga. Ésta se desdibujó al terminar la frase. Ahora todo es borroso, y solo se escucha el repiqueteo, mis letras, la armonía de fondo, las gotas que caen, el vino que viaja a mis adentros y mis lamentos.

De verdad, yo no quería dedicarle más lágrimas al tiempo. Aquí estoy.

Temblor


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Édniquis, y la conciencia
Op. 5-11



La muerte siempre nos acompaña.

La muerte le da sentido a la vida, la fiel y sombría acompañante de nuestros caminares. La muerte, tan presente, tímida y letal, la muerte, la dama incomprendida que solo busca amor, pero encuentra rechazo, la fobia colectiva.
Cada vez que te asomas, siento que me llevas a cuenta gotas.
Y muerte, no te sientas mal.

No eres tú, quien debe buscarnos para llevarnos hacia ti, no eres tú, quien debe manifestarse en los días cualquiera, cuando estamos arraigados a otros seres, no eres tú quien debe arrancarnos las felicidades y los recuerdos entrañables que guardamos con recelo, somos nosotros, quienes al final de nuestras vidas, dejamos en el último suspiro el amor de los demás, y nos entregamos a ti, esperando nada más que el suave arrullo de tu voz, y tu abrazo sombrío, pero reconfortante.
Déjame ser egoísta.
Muerte, entiéndeme.

Eres el epicentro del equilibrio, la paz verdadera, el real motor de nuestra existencia, vivimos todo, recolectamos pedazos de corazones, coleccionamos vivencias, experiencias y errores para terminar contigo hasta la eternidad; por eso preferimos no verte, no sentirte, no ver cómo nos despojas de lo que amamos, de quienes amamos, ¿para qué?, si nos tendrás en tus botellas de cristal por la eternidad, cuando la noche eterna nos nuble los ojos, y nos desprendas de quienes con egoísmo, nos amarren a esto tan apreciado llamado vida, una efímera ilusión, donde nos imaginamos cómo sería estar sin ti y el constante repiqueteo del reloj a la inversa, ese que controlas tú, y que puedes manipular a tu antojo.


Somos débiles.

Déjanos en la ilusión.

Un día más, cuatro segundos más, un suspiro más.

Un minuto eterno, o dos.

Una canción, o un aria.

Un grito apasionado.

Hasta que una lágrima seque.

Hasta que no me queden más.

Hasta rogar estar contigo.

Hasta soñarte y anhelar tu abrazo.

Déjanos en la ilusión.

Déjanos en la ilusión.

Y te prometemos,

Que estaremos preparados para nuestro funeral.

Carta #9: Es verdad


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Hola.


Espero que esto no se vuelva costumbre. Nos volvemos a hablar después de el tiempo exacto, y esto no me gusta para nada. Quiero ser breve, siento que si gasto más palabras en las cosas que quiero decirte, terminaré en un vórtice que me podría aniquilar. Las palabras me pueden enredar y quizás te quedes aquí por no sé cuanto.

Entiéndeme.

Entiende que no quiero que sigas acompañándome. En este punto te lo digo a ti y a mí también, porque sé que mis portales se abren cuando te asomas y se envician con dejarte entrar a ver qué tanto daño haces, para luego estar apurados para vomitarte. Eso no es bueno para mí. Honestamente quiero destruir todo y olvidarme que exististe en algún momento. No sé qué hice para tenerte rondando por mi zona de paz. O bueno, sí sé qué hice, pero tú sabes que eso no fue mi culpa.

Te cierro todo.

Te cierro las puertas, las ventanas, todo. Te apago las luces, incremento la seguridad, te cancelo, todo.
Me borro la memoria, me olvido de ti y destierro los lugares que fueron pisados por ti. Se lo dejo a la vida, al universo, a Dios, que dispongan de mí, y me guíen y me llenen de luz y del amor que corre por mis venas.

Adiós.
Adiós.
Adiós. 

Carta #8: ¿Qué tal?


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Hola.


Así que eres el fantasma. Oye, qué lindo fantasma eres, si no fuese porque no soy tan masoquista, te pediría que fueras mi amigo. Ahora entiendo por qué eres tan difícil de hacerte desaparecer. ¿De verdad eres de los que se queda por el resto de la eternidad? En algún punto de mi mente juraba que eras de esos que no sufrieron cuando vivos, y hacen visitas por hobbie, pero ve, no te has ido. Quizás es un deseo absurdo que tengo de que te vayas, y lo exteriorizo a tu realidad. ¿Te vas a ir? 

Por favor, vete.

Normalmente solo me dedico a hablar con los míos, pero a ti te escribo cartas. Una parte de mi quisiera verte en alguno de mis sueños, charlar un poco, preguntarte muchas cosas, saber por qué moriste y por qué decidiste estar en mi mundo. Lo sé, vienes por añadidura pero, ¿no te cansas? Yo no me canso, jamás, así termine en estado terminal. Siempre busco una manera de seguir. Pero en serio.

Por favor, vete.

No es necesario que me apuntes y me digas egoísta, yo sé que lo soy. Yo sé qué deseo y precisamente verte vagando por aquí no es algo que tenga en mis planes, pero como puedes observar, no te puedo ni barrer, ni esfumar, ni absorber con mi aspiradora. Debes irte por tus propios medios, por tus propios miedos, y por los míos. De paso te los puedes llevar también, no los necesito y de verdad extraño mucho respirar con normalidad.

Pero espera.

Antes quiero aclararte por qué quiero que te vayas, y no lo describiré detalladamente, ni escribiré un periódico de razones porque simplemente no las tengo; sin embargo apuntaré lo obvio y te lo repetiré.

Oye,
estás muerto.
Yo,
estoy viva.

Si prometes jamás volver, yo prometo jamás volver a escribirte.

Sinceramente te abrazo, y te suelto. 

K.

Pd: Pensándolo bien, dame mis miedos, yo me encargo de ellos. No quiero una razón más para que me ates a ti, aún así no lo desee. 

Carta #7: Carta a una extraña, que está en un lugar lejísimos un domingo cualquiera.


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Dicen que todos los domingos son como el fin del mundo
¿cómo sobrevives a ellos?
”Esta carta nació de #HelloStranger Escrita el 15 de enero en la mañana
y reescrita hoy 22 de enero.


Querida Extraña.

Siempre he tenido una curiosa relación con los benditos domingos; nunca puedo predecir a donde se dirige o qué quiera hacer con mi vida. ¿Que si es como un fin del mundo?. Sí, claro y de hecho siempre lo he considerado, al igual que cualquier otro ser inteligente.

El invento del domingo como el fin del mundo se da con los años. Recuerdo que en mi niñez añoraba los domingos y sus miles de oportunidades; las idas al mar, la excusa de poner mis pies sobre la tierra húmeda y la oportunidad de conocer otros niños disfrutando de su día preferido. Éramos libres en la tierra y nos metíamos en el mar. Creo que nuestra única preocupación se reducía al clima. Deseábamos más que nunca que el sol estuviese en todo su esplendor, porque sabíamos que nuestro "mundo" se acabaría cuando el atardecer se asomara. Irónico, porque en mi presente lo que más anhelo es que el sol se esconda, para poder decir victoriosa que sobreviví a un domingo.

Y es realmente curioso, cómo es que la visión cambia aunque la posición del sol sea la misma. Cíclica, pero nosotros no. ¿Sabes? No sabría cómo decirte si he sobrevivido más domingos de los que he morido. ¿Morido?. Morido. (Jeje). De igual modo a veces por mero masoquismo dejo que el domingo me lleve con su calor particular, y sus noches húmedas, frustrantes y silenciosas. Por desgracia -o quizás por fortuna- no he compartido con muchos lo que significa el domingo para mi. Todos lo viven cotidianamente, algo que se puede solucionar con un poco de música y una simple cerveza. Ah si, y con compañía. Creo que en el fondo habrán miedos de quedarse solos un domingo con su mente e ideales, por lo tanto huyen de todo; en cambio yo, hago lo posible para escuchar todo lo que pueda: desde mis pálpitos hasta la sangre que corre por mis venas, y me confirma que sí, que estoy viva y que otros problemas van a llegar a mi de manera inevitable.

Extraña, ¿me permites darte un apodo de cariño? Vamos a llamarte Clemencia.

A pesar de que soy una mujer de pocas palabras, disfruto mucho enviarte esta carta, y tengo el presentimiento que poco a poco, harás que te cuente historias, al punto de que te cansarás de leer mis constantes ramificaciones. No importa, de eso se trata conocerme. Y lo siento, si reviví hoy lunes para poder contarte todo.

Y para finalmente, responder a tu pregunta:

Yo
No
Sobrevivo
Los
Domingos.

Los
Domingos
Me
Hacen
Sobrevivir
El
Resto
De
La
Semana.

Es más. Te voy a compartir algo de afuera, para que me entiendas por qué te digo esto. Yo dije alguna vez que no es amor lo que necesito, y creo que aquí explico mi relación particular con los domingos. 


Y tú, ¿cómo lo sobrevives?

Ven acá, ¿y si me muestras cómo lo haces, y vemos cómo lo sobrevivimos en compañía?, claro, por las letras.

Un abrazo, Clemencia.


Rizos.


PD: Aquí pueden ver la respuesta a la pregunta: Todos los domingos son como el fin del mundo, ¿cómo sobrevives a ellos? para la sección #HelloStranger con @clemsinoxígeno 

Deja Vu


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I will sink down.
Opus 49



Deja Vu.

Mis letras no te sirven porque de repente te volviste ciega, no escuchas mi voz porque estás sorda. Los pensamientos que abundan en tu mente no dejan que abras los ojos, o escuches con claridad que a pesar de las circunstancias y las tragedias constantes sigo aquí, con mis manos empuñadas. 

Deja Vu.

Estoy sentada en una banca nuevamente, atenta escuchando tus palabras, tratando de organizar el caos que llevas a mi abrazo, y el beso que aún me das. Estoy sentada pensando en los árboles, en sus raíces, en cómo llegaron y cómo decidieron quedarse allí, crecer y morir, mientras balbuceas cómo te sientes ramificar en dos seres, y en cómo eres incapaz de arrancar la tierra y emerger hacia otro sitio, el sitio donde quisieras quedarte. El sitio que llamas casa, el sitio que susurrabas con ilusión cuando la dibujaba en tu mente. Tu casa, nuestro hogar. Hogar roto. Tus zapatos ya no andan por aquí, pero sí lo demás. ¿Qué pensabas?

Deja Vu.

Estoy sentada pensando en ti, preocupada por tus sentires y los míos, con la zozobra de arreglar el desorden y volver a enterrar las raíces en casa. Me faltan fuerzas para hacer eso, y no creo que pueda hacerlo sola. No quiero hacerlo sola. No quiero la mitad de tus raíces, ni un poco de tu lluvia, ni tu abrazo ni tu beso intermitente, ni tu cuerpo aquí, y tu mente divagando. No quiero ser tuya sin que tú seas mía, ni quiero tu dulce voz en la mitad de la noche, o el café que religiosamente me das en las mañanas, cuando veo en tus ojos más que dolor por no saber si quedarte o dejarme ir. Quédate conmigo o déjame ir, pero haz algo.


Yo veré la manera de hundirme en tu tierra 
Yo veré la manera de  usar mis hojas como pala

y esperar la lluvia
y ayudarte a humedecer tus raíces muertas

para que me hunda
unirlas a las mías

me ahogue
mojarnos nuevamente

y me deje lavarte.
y volver a crecer.


Deja Vu.

Felices 3 años y medio.

Recapitulación 2016


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Estoy segura de que el mundo entero va a despedir el año 2016 con el dedo de en medio. Unos lo despedirán con risas irónicas, otros con la ira corriendo por sus venas, y otros en un gran lamento. Este año se llevó a muchas personas, destruyó vidas, marcó la sociedad y arrasó con toda su fuerza, como una ola iracunda a buscar su sitio.

Ha sido un año de caos, de ires y venires. Muchas ambigüedades y desaciertos con todos. Me causa un poco de pena con esos que no lograron salir victoriosos, o tan siquiera vivos de este año tan mortal. Aún no entiendo en qué pensó el universo como para otorgarnos semejante golpe al hígado. También me da muchísima pena saber que, a pesar de que mi alrededor ha sido magullado y lastimado, puedo decir que salí - no tan victoriosa - pero sobreviví este año, mucho mejor que la gran mayoría. Es irónico, ya que soy la que carga con sus agüeros como abuela paranoica, y precisamente el 2016, año par y bisiesto, me recibió con miles de bendiciones, y otras lecciones varias.

Yo creo que la misma sensación que he tenido estas últimas semanas, equivalen a lo que el año ha sido: una montaña rusa sin fin, con vueltas y momentos de tranquilidad. Ya no sabemos cómo va a terminar este juego y en este punto da miedo tan siquiera imaginarlo, puede que estemos esperanzados en que pronto terminará, y nos sorprenda la vida con una vuelta mucho más grande, con la que podríamos caer definitivamente. Es muy triste que tanto arte haya partido este año, que hayamos dado un paso atrás y que el mundo se haya vuelto más hostil; pero quiero imaginar o más bien quiero tener la esperanza de que todo lo que ha pasado en estos casi 366 días, sea para un bien para todos. Que de este pantano nauseabundo salgamos a recibir bendiciones del que sea que creamos, y que aprendamos un poquito de humanidad, cosa que perdimos con creces.

Yo no podría despedir mi 2016 con el dedo de en medio. Tampoco podría despedirlo con ira, o indignación. Más bien lo despediría con desconcierto, porque me volteó el cutarro cuando finalizaba todo. Sí, tuve momentos difíciles con aspectos de crecimiento profesional, pero curiosamente este último mes lo podría resumir con una célebre frase que salen de las abuelas colombianas: "Como te quiero, te aporreo".

Muchos de nosotros estamos acostumbrados a golpes duros, y afortunadamente no todos los míos llevan cicatrices notorias, pero con cada golpe he recibido una palmada de aliento, una oportunidad nueva, un mensaje para seguir adelante y no detenerme a pensar en cosas que no puedo controlar. Dejarse llevar por el destino no es una tarea fácil, y ciertamente para mí es una de las cosas más difíciles, y el universo lo sabe. 

De este 2016 puedo sacar muchas sonrisas, a pesar de todo. Fue un año extraño, uno de los más místicos y misteriosos. Como siempre, gente se va y otros vuelven, así debe ser el ciclo de la vida. Cada quien tiene una misión, pero a veces la misión de muchos es oscura, y simplemente debe irse.  Jamás había estado tan tranquila de dejar ir a los externos que ya podrían mi hogar y no espero más para ellos que los bendigan y que les vaya bien en lo que les resta de la vida, porque no me puedo permitir sentir más rencores innecesarios. Esas son las cosas lindas que se aprenden a través de los años. Buen viento y buena mar para ti. Espero te encuentres y recapacites sobre los daños que le haces a las personas, a pesar de que tu vocación es sanar. 



¡2017!

Aún es muy temprano para decir que ya casi te asomas. Muchos te están llamando a gritos desesperados, buscando en ti un ápice de esperanza y cambio. El cambio está en nosotros y no en tus hermosos cuatro números. Me gustan tus números. 
Sí me gustaría que vieras cómo me tiro al vacío, como cierro los ojos y como aprendo a apagar los botones que tengo de más. Me gustaría ver en ti eso que todos anhelan en estos días. Te veo como otro momento para seguir creciendo, seguir amando, rescatando los pedazos que de manera estúpida dejé con los años intentando no sé qué. En esos momentos, yo juraba que uno se reestructuraba dejando pedazos enterrados en el pasado. Menos mal ya sé que no era así. Fue un 2016 bello para mí. Piaf lo dijo muy bien en el momento en que me despidió del 2015. Ahora no tengo una canción, pero estoy segura que saldrá eventualmente y lo cantaré al son que me salga. Al son que tengo dentro de mí. 

Aquí te espero, tú ya sabes cómo estoy. Vamo' a hacerlo. 



Mírame


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Oye. Ven, pero no tardes tanto.
Sin opus.



Mírame aquí, envuelta en tus risas y en tus pequeños abrazos. Acá estoy. Mira que no me he ido. Decidí quedarme. Me quité los zapatos. Estamos descalzas. No quiero partir nuevamente. Mírame aquí, respirando tu aliento, aferrándome a tu tacto y tus palabras de amor. Acá estoy. Mira que no me sueltas, ni yo te suelto. Pero no me mires porque te digo, mírame porque aquí estoy. Siempre estoy.

Siénteme. Sé que entrelazas tus manos con las mías porque te reconfortas. Tus suspiros me lo dicen. Sé que me abrazas con fuerzas, sé que me amas. Por favor no dejes de hacerlo. Siénteme, yo sonrío cuando te veo llegar, así sea a consolarte o a tranquilizarte. Ven, que solo puedo darte amor. No sé hacer otra cosa.

Ven, no te vayas por mucho tiempo. 
Mírame, por favor mírame.
Ámame, como siempre lo has hecho.
Déjame ser egoísta. Necesito ser egoísta.
Lee lo que mis ojos te dicen, pero que mis labios no pueden esbozar.
Escucha mis pálpitos, porque las lágrimas no salen.
Siente mi cuerpo, siente como grita.
Quédate conmigo, pero entera.
No te molestes con mi frustración. Yo no te puedo ayudar.



Regresa, por favor. Apenas empezaba a hacerte feliz.



Ven, mírame.

Detalles.


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Me quité los zapatos.
No me pienso marchar.
Opus 46.



No sé como logras apagar la alarma del despertador justo antes que mi cuerpo reaccione, tampoco sé como te levantas sigilosamente de la cama, procurando no perturbar mi sueño. Haces tus cosas, tus religiosas rutinas mañaneras, yo empiezo a moverme, y mis ojos a abrirse de a poquitos. Te das cuenta, me sonríes. Te sonrío y vuelvo a dormir. 
Luego te siento, porque sabes que estoy más despierta que dormida, más concentrada en los ruidos que haces que la comodidad de la almohada, y si estás de buen humor, siento como me despiertas de un brinco, mientras tu cabello mojado gotea en mi rostro. Te ríes, y yo hago pataletas. Luego me río y aunque no lo creas, intento volver a dormir.
Pierdo la batalla cuando te sientas a mi lado, y me sonríes con un café en tus manos, y el buenos días más reconfortante. Estés bien o no, es reconfortante, me hace afirmar que sí, es la realidad, y sí, esto está pasando. Apenas puedo hablar, te respondo con una sonrisa, y la cara de satisfacción cuando entrelazo la taza con mis manos. Y así es, todos los días, con los detalles, las palabras, aunque algunas veces sean más nostálgicas que las otras. 


No sé como logras distraer mis días de mala muerte, o cómo atinamos a estar siempre en el contraste de ser sostenible para ti y viceversa, solo basta que tengas un instrumento cualquiera en tus manos, y la bendita costumbre tuya de "payasear" por absolutamente todo, para luego culparme porque soy la que no puede hablar nada en serio. En este punto te pido perdón por tantas estupideces, es que aún no me aprendo todas tus risas.