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Carta #6: ¿Un cafecito?


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Oye, mira que la vida es corta, y no hay más tiempo para
resentimientos.


Caminemos, y comamos un mango biche mientras lleguemos al café.
Debatamos y haz el pergamino que me convenza de darte la semilla del mango.
Riámonos un poco, y burlémonos mutuamente por cual es más torpe.
Contemos cuantas líneas pisamos, y frustrémonos cuando miremos al frente y nos demos cuenta que nos volvimos a perder.

Ven, y cuando lleguemos al café, sentémonos en una mesa distinta,
y pidamos algo fuera de lo habitual. Yo aprendí a tomar fruppés.
Rompamos el silencio incómodo con preguntas capciosas, y partir de ahí. No será difícil.

Aprovecha y me explicas ese repentino amor por el fútbol, yo te hablaré de bobadas.
Pero no ahondemos en los temas que duelen, al fin y al cabo el café es para las charlas densas.
Por eso pediré un fruppé, y tú pedirás un té de frutos rojos, porque "moraditos" de ese tipo no hay.

Después respiremos profundamente, y recordemos poco a poco lo que era la amistad.
Pero sin mencionar canciones que tengan lugar y nombre. Compartamos el gusto.
Tengo muchas canciones que te van a gustar. Es mi bandera blanca.

Recordemos nuevamente, que antes de la tormenta todo era azul, sin ningún ápice de turbulencia.
Y nos iremos, te dejaré donde siempre lo hago, y yo partiré hacia mi camino.


Y si nos va bien,
y si el universo lo permite...



¿Nos tomamos un cafecito?

Víspera. (No exactamente)


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Oye, respira.
Opus 91



Hace 25 años no tenía un propósito, ni sabía que iba a salir a contemplar el húmedo calor de mi ciudad natal. Tampoco tenía idea del amor profundo de esa mujer que me esperaba con ansias hasta tenerme en sus brazos. No sabía que iba a recibir esa protección absoluta, ni que iba a hacer todo lo posible por salir de ella y chocarme con cuanto adoquín encontrara.

No sabía que la primera palmada del médico que me recibió en esta realidad, iba a ser la primera de muchas bofetadas que iba a recibir, ni que era posible aguantar bofetadas invisibles, esas que son más dolorosas que los moretones. Tampoco sabía que tenía dos apellidos, y que no iba a saber cual era peor.

Pero era la sangre, más que todo. No sabía que en mis entrañas corría una mezcla extraña de oriunda y extranjera; quizás por eso nunca me sentí del todo de aquí, o de allá. Más bien de todos lados, porque no puedo coincidir con la totalidad de las creencias de la tierra que me recibió, o la que llevo lejanamente en mis venas. Quizás por eso prefiero los bosques más que las playas y el océano. Quizás por eso prefiero melodías frías y no tanto las calurosas y sensuales danzas de apareamiento.

Y en mi sangre no había más que complejidad, por ambos lados. Complejidad por los abolengos y el pasado de importancia, de poder, de conquista y de arte, y por el otro de rencor, pero también de otro poder más grande pero oscuro. El matriarcado y el elitismo recorren vertiginosamente sobre mí, y no me deja más que vomitar sus residuos porque ni lo uno ni lo otro, representa este cuerpo débil atrapado en lo que tantos quisieran tener.

Irónico es, que no pedí nada. Ni abolengos, ni apellidos, ni influencias, ni poder en la mirada, ni nada que sea referente a la grandeza, más lo dono casi como sacrificio o tributo a no sé qué entidad magnánima, para que me regale lo único que no vi en mi larga lista de virtudes, defectos y consecuencias: paz.

Hace 25 años sentí el amor por primera vez, y quizás pequé en amarrarlo, impregnarlo y mostrarlo como ejemplo para los amores venideros. Lo supe la primera vez, hace 9 años cuando me lancé a otro amor pero que era distinto; sin protección y sin seguridades. Me di cuenta que algunos amores no son como el que tuve hace tanto tiempo, y decidí buscar otros más allegados a la realidad; nuestra realidad.

Pero los años pasan y el amor se vuelve más complejo y menos amoroso; más condiciones, menos entendimientos y más críticas, exigencias, demandas absurdas. Amor condicionado, como los que recitan todos los domingos en una iglesia barata llena de prejuicios.

Quizás ese amor me hizo desconfiar de los amores que circulaban cerca de mí, y me creó una barrera que los repelara hasta encontrar uno donde haya no más que eso: confianza, reciprocidad, incondicionalidad, y ni un solo rastro de egoísmo.

Pero el amor aquel y el que se vive en este mundo es tan distinto; porque somos débiles, porque somos atraídos al vórtex de lo rutinario, de la maldita necesidad de hacer de nuestras vidas un cassette que se devuelve y se acelera, y así infinitamente hasta desgastarlo. Y buscar otro. Repetir. Repetir.

Pero el amor verdadero, su amor, (y para aclarar, hablo el amor de mi madre, no sé la de ustedes), es tan infinito, por ambos lados, que no existe dolor que pueda superar la primera cargada, la primera lágrima, de miles que brotaron de sus ojos cansados después de yo salir a sufrir en el planeta en que me tocó vivir.

Porque ese amor es incomparable, inconquistable, y solo existe uno, en esta vida, que puede llegar a sus talones y es el amor del espejo de tu alma, donde las máscaras no existen, que te arrastra con todo, demonios y verdades, donde quedan expuestas tus inseguridades y aun así, no hay real temor, más bien se siente un alivio, porque dentro de ese amor hay aceptación, y dentro de esa aceptación, hay transformación. Es amor. 

Unos dicen que se demoran pocos años en encontrarlos.

Ja.

Envidia.


En 25 años se cometieron más errores que muchos, y claramente menos que otros. Afortunadamente los errores son subjetivos y tan únicos como el doliente que los recibe todos los días. Dolores con nombres y apellidos. Lugares, estaciones si es afortunado de vivir en un lugar diverso, o de un solo calor, donde reside este cuerpo de sangre que hierve constantemente.

En 25 años aprendí a amar y a dejar ir. A sentir las cosas más cercanas al odio y a la locura. Nada de eso me gustó, o por lo menos lo digo ahora. Quizás en mis 50 haya aprendido a ahondar en los amores y en sus decepciones, o en la posibilidad remota de volverse huérfano a manera voluntaria, pero hay algo que es seguro; y es que el amor incondicional de la mujer que me sostuvo aún sangrienta y envuelta en retazos de su ser, jamás podrá ser quebrantado o adulterado. Lo puro no se intoxica. No como los otros amores, que cambian con las estaciones del año.

Pero es en la víspera del cuarto de siglo donde me siento a pensar, y a ahondar dolorosamente en los recuerdos, sobre todas las cosas que viví, y que vivieron los otros a mi alrededor; comparándome constantemente, y tratando de hacer una línea paralela, pero sin un resultado óptimo.

Y ahí es donde tuve en cuenta

que la vida

de todos nosotros

gira en un solo sentido

pero el desorden es distinto

o quizás más cercano

pero jamás el mismo

y entonces.

Pero tan solo entonces,

entonces.

Cerré los ojos y miré mi camino.

Y me felicité

por 25 años

excavando mierda

buscando no se qué

hasta que lo encontré.

y, ¿ahora qué?

¿50 años?



Feliz onomástico, Katya.

Control.


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Milimétrico, cauteloso, minucioso, enloquecedor.
Represor.
Una barrera mínima
que apenas deja espacio para mover los brazos y respirar un poco,
pero de ahí más nada. Ni el ápice de algo nuevo, ni soñar con cambiar el destino.

Cuadrado, aburrido, lineal, perfecto.
Predecible, reprimido, insonoro, incoloro.
Insensible y a veces inestable. De nuevo a la barrera.

Aterrorizado, sin escape de aire, sin una luz que penetre.
Que grita por dentro y desea romperse, que pierde constantemente con su barrera invisible.
Brazos cruzados, acalambrados y piernas justas. Dos pasos firmes, cuatro hacia atrás.

Rebeldía, caerse a propósito buscando romper la barrera.
Romperse uno, pero la barrera intacta.
Considerar que mejor sea así, pues la barrera ya no tendría a quién aprisionar.

Olvidar la autodestrucción insensata.
Ponerse de pie, intentar nuevamente, y frustrarse.
Dejar ser, dejar que el miedo haga su trabajo.

Volver a despertar.
Volver a intentar.
Volver a romper la barrera.

La barrera se rompe.

¿Y ahora?

Hate is all you need.


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Para vivir.
Para vencer.
Para llegar a la gloria.



                  Y tener todo lo que querías, pero no necesitabas.


Para ganarte una medalla,
y condecorarte como otro "único"
que abunda en el mundo
       y volverte ciego, con el oro pesado sobre tu cuello.


Y sentir el vacío
y darte cuenta
                               que aún quieres más, pero lo tienes todo.


El odio nace de nuevo,
contigo mismo,
  con el mundo
     con el que se te tope en el día a día.


Y querer cambiar tu gloria para descubrir lo que necesitas.


                                         Pero el oro no quita la ceguera, ni recupera la memoria;
               el oro te da más odio y pues bueno...


Hate is all you need.

          

Carta #5: Carta sí deseada.


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"Querida amiga que no pudo ser.

Muy buenas noches.


¿Recuerdas cuando caminábamos sin rumbo, por ahí, viendo los edificios, los bailarines, los transeúntes en general? ¿Recuerdas que decíamos que nos diríamos cuando encontráramos a las personas de nuestras vidas?
Bueno, tengo, aproximadamente, dos años y siete meses tratando de decirte eso; porque nos lo prometimos y yo suelo cumplir mis promesas.

Te cuento, que nuestras historias se parecen mucho, quizás es porque así estaba destinado, cosa que lo hace mucho más divertido, y es algo que amaría con mi vida compartirlo con un café, o con un latte, esos que te encantaba tomar. Siempre admiré tu gusto por las cosas dulces, yo jamás podría.
Pero por giros -esperados- de la vida, esta conversación que estoy teniendo contigo jamás pudo ser, porque estás cerca, pero estás más lejos que una persona privada de su libertad en Korea del Norte.
¿Ves? Aún no he cambiado mi manera hipérbole de decir las cosas.

Me llena de felicidad que pudimos cumplir nuestras promesas. que encontraste al ser que va a llenar tu vida de felicidades e infortunios; ese alguien que alimentará la sed de amor que alguna vez tuvimos y las confrontaciones que jamás pasaron por nuestros labios. Estoy muy feliz, agradecida con la vida, y con el universo que fue justo, y jugó a tu favor. En realidad, le agradezco cada vez que puedo, por dejarte ser feliz, porque a pesar de los escombros, las palabras y las emociones encontradas, fuiste en busca de tu felicidad, y te agradezco, por enseñarme a tener tenacidad, y luchar por lo que uno ama. Gracias.

Teniendo eso claro mi querida amiga, ahora te contaré de mí. Como ya deberías saber, seré breve. 
Quiero que sepas que también lo logré. Pensé que iba a ser imposible en algún momento, no solía ser tan fuerte como tú; siempre tuve miedo de los cambios y lo sabías, siempre lo supiste; pero pude hacerlo, la he encontrado al fin, esa que tú me describías entre risas y diminutos celos invisibles. 
Imagínate, no sé si estoy como tú, pero puedo decir, sin miedos y sin ningún agüero que me derrote, que encontré lo que me faltaba, y ella encontró lo que le faltaba.  Te puedo decir con toda certeza, amiga, que encontré al amor de mi vida. ¿Puedes creer?

Sabes que soy una persona complicada, y con muchos defectos...

Defectos que he ido vetando de mi vida.

Pero... Lamentablemente, los malentendidos y las emociones erráticas nos dominaron por un buen tiempo. Todavía lo hacen, y hasta la luna de hoy, querida amiga que no pudo ser, aún duelen. Pero, ¿quién soy yo para volver a señalarte, si lo único que hiciste fue buscar tu felicidad? Perdóname, me demoré un tiempo en caer en cuenta de esa realidad tan, pero tan bonita. Te admiro por eso.
Y aunque, pueda decir que la persona que más salió lastimada de toda esta amistad extraña fui yo, te aplaudo, por ir a buscar eso que casi nadie en el mundo obtiene. Si fuesen otras circunstancias, yo te daría un sermón de una hora, con regaño incluido, motivándote a que hicieras exactamente el daño que me causaste, pero que al final del día, fue lo mejor que pudiste hacer en tu vida. Me siento orgullosa de ti. 

Te perdono, y perdóname, por las cosas que el cerebro no puede controlar.
Pero lo que más me duele, es que esta carta se va a quedar aquí, esperando a quien sabe qué año, la puedas leer; y que aunque ya muchas circunstancias de la vida nos separe, sabes que lo inevitable, es algo que hay que dejar fluir.

Te confieso que te extraño, no a ti como mujer, no a ti como quien compartió conmigo dos besos, no como a alguien que tú sabes qué; sino como la cómplice, que yo estoy segura hasta las patas, que estuviera celebrando mi felicidad, así como yo en secreto, celebro la tuya.  No cerré las comillas, porque esta carta no se acaba, hasta recibir tu respuesta.

Deseo para ti, una vida llena de todo lo que mereces, amiga. Amor.

Cordialmente y desbordante de felicidad,


Yo.

23 días.


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"Puedo morir feliz, pero siempre a su lado" 
- No importa



En realidad, en una hora se convierten en 23.



23 días para acabar con mis ganas de contar historias, para entregar las miradas que me he guardado.
Una eternidad incalculable para mi corazón, y para mis ganas de volver a tenerte en mis brazos.
No creo que exista una parte de mi cuerpo que no te anhele, que no espere con ansias tu sonrisa y tu cabello corto. No creo, que mi alma se haya quedado conmigo, porque solo siento el invierno, pero sin la magia, sin las hojas muertas que con amor me muestras. Solo siento mi cuerpo congelado, acurrucado entre cobijas, abrazando tu recuerdo en forma de espirales verdes y amarillas con tu olor.

23 días para volver a ver tus ojos apasionados llenos de experiencias, fracasos y mucha entrega. El motor de vida, los que me salvan de mí misma, los que no me dejan pasar el tiempo a cuentagotas y me hacen no extrañarte tanto. Lo que sí creo, es que mi cuerpo reprocha por no calentar tus noches, sabiendo que tus labios se rompen con los días, y los míos se rompen por no besarte. 

23 días para dejar de esperarte en mis madrugadas, como si fueras a volver en la mitad de la noche, y me despertaras a darme un beso. Lo que no sabías, es que nunca dormí, y solo quería ese beso, porque así de egoísta soy. Pero no, todavía no. En 23 días.


En 23 días, y aunque no lo quiera aceptar, voy a estar completa.


Porque tú cabes aquí. 

Y es que tú cabes. Más nadie. 

Incoherencias.


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"Sin pausa, pero sin prisa"
Opus 47.



No tenía ganas de escribir, pero las ojeras me hicieron huelga.


Llega el punto donde la realidad te atropella y te detiene por un instante eterno, el mundo se desaparece y solo quedas tú con tus pálpitos y la respiración densa. Las bolsas se rompen lentamente, junto al rostro que palidece con los días, y se va secando paulatinamente. 

Hasta que todo colapsa.

Son los primeros seis meses.
Son los primeros seis meses.
Son los primeros seis meses.

Son los primeros seis meses, los que causan dolores, pero jamás arritmias. La inocencia no me hacía caer en cuenta, ni hoy, ni mucho menos los días que ya pasaron, pero quizás es porque he estado ocupada siendo feliz, creo que me he tomado muy en serio lo de disfrutar cada instante al máximo, pero hoy la introspección llegó a mí cargado de los episodios que he dejado pasar. Han sido muchos latidos irregulares, de advertencia quizás, llamados universales, mas bien gritos y regaños, que me he dispuesto a ignorar. 

Ignorar porque el amor todo lo puede, todo lo sostiene, todo lo calma, el amor de la vida, el amor de sonidos, el amor que consume, que enloquece, el amor, el amor de nosotras, el amor que me desmayo, el amor de arritmias y dolores en el pecho, el amor que tanto amo, el amor que duele, el amor de verdad, el amor persistente, el amor de todos los días, el amor de los llantos, de los pilares y las grietas que se empiezan a formar, el amor de robles y longevos, el amor tortuoso y mortal.

El amor imperfecto, el amor musical, el amor complejo, el amor de las dos.



Ahora sí universo,
¿qué me decías?
Quedo atenta.