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Carta #7: Carta a una extraña, que está en un lugar lejísimos un domingo cualquiera.


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Dicen que todos los domingos son como el fin del mundo
¿cómo sobrevives a ellos?
”Esta carta nació de #HelloStranger Escrita el 15 de enero en la mañana
y reescrita hoy 22 de enero.


Querida Extraña.

Siempre he tenido una curiosa relación con los benditos domingos; nunca puedo predecir a donde se dirige o qué quiera hacer con mi vida. ¿Que si es como un fin del mundo?. Sí, claro y de hecho siempre lo he considerado, al igual que cualquier otro ser inteligente.

El invento del domingo como el fin del mundo se da con los años. Recuerdo que en mi niñez añoraba los domingos y sus miles de oportunidades; las idas al mar, la excusa de poner mis pies sobre la tierra húmeda y la oportunidad de conocer otros niños disfrutando de su día preferido. Éramos libres en la tierra y nos metíamos en el mar. Creo que nuestra única preocupación se reducía al clima. Deseábamos más que nunca que el sol estuviese en todo su esplendor, porque sabíamos que nuestro "mundo" se acabaría cuando el atardecer se asomara. Irónico, porque en mi presente lo que más anhelo es que el sol se esconda, para poder decir victoriosa que sobreviví a un domingo.

Y es realmente curioso, cómo es que la visión cambia aunque la posición del sol sea la misma. Cíclica, pero nosotros no. ¿Sabes? No sabría cómo decirte si he sobrevivido más domingos de los que he morido. ¿Morido?. Morido. (Jeje). De igual modo a veces por mero masoquismo dejo que el domingo me lleve con su calor particular, y sus noches húmedas, frustrantes y silenciosas. Por desgracia -o quizás por fortuna- no he compartido con muchos lo que significa el domingo para mi. Todos lo viven cotidianamente, algo que se puede solucionar con un poco de música y una simple cerveza. Ah si, y con compañía. Creo que en el fondo habrán miedos de quedarse solos un domingo con su mente e ideales, por lo tanto huyen de todo; en cambio yo, hago lo posible para escuchar todo lo que pueda: desde mis pálpitos hasta la sangre que corre por mis venas, y me confirma que sí, que estoy viva y que otros problemas van a llegar a mi de manera inevitable.

Extraña, ¿me permites darte un apodo de cariño? Vamos a llamarte Clemencia.

A pesar de que soy una mujer de pocas palabras, disfruto mucho enviarte esta carta, y tengo el presentimiento que poco a poco, harás que te cuente historias, al punto de que te cansarás de leer mis constantes ramificaciones. No importa, de eso se trata conocerme. Y lo siento, si reviví hoy lunes para poder contarte todo.

Y para finalmente, responder a tu pregunta:

Yo
No
Sobrevivo
Los
Domingos.

Los
Domingos
Me
Hacen
Sobrevivir
El
Resto
De
La
Semana.

Es más. Te voy a compartir algo de afuera, para que me entiendas por qué te digo esto. Yo dije alguna vez que no es amor lo que necesito, y creo que aquí explico mi relación particular con los domingos. 


Y tú, ¿cómo lo sobrevives?

Ven acá, ¿y si me muestras cómo lo haces, y vemos cómo lo sobrevivimos en compañía?, claro, por las letras.

Un abrazo, Clemencia.


Rizos.


PD: Aquí pueden ver la respuesta a la pregunta: Todos los domingos son como el fin del mundo, ¿cómo sobrevives a ellos? para la sección #HelloStranger con @clemsinoxígeno 

Deja Vu


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I will sink down.
Opus 49



Deja Vu.

Mis letras no te sirven porque de repente te volviste ciega, no escuchas mi voz porque estás sorda. Los pensamientos que abundan en tu mente no dejan que abras los ojos, o escuches con claridad que a pesar de las circunstancias y las tragedias constantes sigo aquí, con mis manos empuñadas. 

Deja Vu.

Estoy sentada en una banca nuevamente, atenta escuchando tus palabras, tratando de organizar el caos que llevas a mi abrazo, y el beso que aún me das. Estoy sentada pensando en los árboles, en sus raíces, en cómo llegaron y cómo decidieron quedarse allí, crecer y morir, mientras balbuceas cómo te sientes ramificar en dos seres, y en cómo eres incapaz de arrancar la tierra y emerger hacia otro sitio, el sitio donde quisieras quedarte. El sitio que llamas casa, el sitio que susurrabas con ilusión cuando la dibujaba en tu mente. Tu casa, nuestro hogar. Hogar roto. Tus zapatos ya no andan por aquí, pero sí lo demás. ¿Qué pensabas?

Deja Vu.

Estoy sentada pensando en ti, preocupada por tus sentires y los míos, con la zozobra de arreglar el desorden y volver a enterrar las raíces en casa. Me faltan fuerzas para hacer eso, y no creo que pueda hacerlo sola. No quiero hacerlo sola. No quiero la mitad de tus raíces, ni un poco de tu lluvia, ni tu abrazo ni tu beso intermitente, ni tu cuerpo aquí, y tu mente divagando. No quiero ser tuya sin que tú seas mía, ni quiero tu dulce voz en la mitad de la noche, o el café que religiosamente me das en las mañanas, cuando veo en tus ojos más que dolor por no saber si quedarte o dejarme ir. Quédate conmigo o déjame ir, pero haz algo.


Yo veré la manera de hundirme en tu tierra 
Yo veré la manera de  usar mis hojas como pala

y esperar la lluvia
y ayudarte a humedecer tus raíces muertas

para que me hunda
unirlas a las mías

me ahogue
mojarnos nuevamente

y me deje lavarte.
y volver a crecer.


Deja Vu.

Felices 3 años y medio.

Recapitulación 2016


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Estoy segura de que el mundo entero va a despedir el año 2016 con el dedo de en medio. Unos lo despedirán con risas irónicas, otros con la ira corriendo por sus venas, y otros en un gran lamento. Este año se llevó a muchas personas, destruyó vidas, marcó la sociedad y arrasó con toda su fuerza, como una ola iracunda a buscar su sitio.

Ha sido un año de caos, de ires y venires. Muchas ambigüedades y desaciertos con todos. Me causa un poco de pena con esos que no lograron salir victoriosos, o tan siquiera vivos de este año tan mortal. Aún no entiendo en qué pensó el universo como para otorgarnos semejante golpe al hígado. También me da muchísima pena saber que, a pesar de que mi alrededor ha sido magullado y lastimado, puedo decir que salí - no tan victoriosa - pero sobreviví este año, mucho mejor que la gran mayoría. Es irónico, ya que soy la que carga con sus agüeros como abuela paranoica, y precisamente el 2016, año par y bisiesto, me recibió con miles de bendiciones, y otras lecciones varias.

Yo creo que la misma sensación que he tenido estas últimas semanas, equivalen a lo que el año ha sido: una montaña rusa sin fin, con vueltas y momentos de tranquilidad. Ya no sabemos cómo va a terminar este juego y en este punto da miedo tan siquiera imaginarlo, puede que estemos esperanzados en que pronto terminará, y nos sorprenda la vida con una vuelta mucho más grande, con la que podríamos caer definitivamente. Es muy triste que tanto arte haya partido este año, que hayamos dado un paso atrás y que el mundo se haya vuelto más hostil; pero quiero imaginar o más bien quiero tener la esperanza de que todo lo que ha pasado en estos casi 366 días, sea para un bien para todos. Que de este pantano nauseabundo salgamos a recibir bendiciones del que sea que creamos, y que aprendamos un poquito de humanidad, cosa que perdimos con creces.

Yo no podría despedir mi 2016 con el dedo de en medio. Tampoco podría despedirlo con ira, o indignación. Más bien lo despediría con desconcierto, porque me volteó el cutarro cuando finalizaba todo. Sí, tuve momentos difíciles con aspectos de crecimiento profesional, pero curiosamente este último mes lo podría resumir con una célebre frase que salen de las abuelas colombianas: "Como te quiero, te aporreo".

Muchos de nosotros estamos acostumbrados a golpes duros, y afortunadamente no todos los míos llevan cicatrices notorias, pero con cada golpe he recibido una palmada de aliento, una oportunidad nueva, un mensaje para seguir adelante y no detenerme a pensar en cosas que no puedo controlar. Dejarse llevar por el destino no es una tarea fácil, y ciertamente para mí es una de las cosas más difíciles, y el universo lo sabe. 

De este 2016 puedo sacar muchas sonrisas, a pesar de todo. Fue un año extraño, uno de los más místicos y misteriosos. Como siempre, gente se va y otros vuelven, así debe ser el ciclo de la vida. Cada quien tiene una misión, pero a veces la misión de muchos es oscura, y simplemente debe irse.  Jamás había estado tan tranquila de dejar ir a los externos que ya podrían mi hogar y no espero más para ellos que los bendigan y que les vaya bien en lo que les resta de la vida, porque no me puedo permitir sentir más rencores innecesarios. Esas son las cosas lindas que se aprenden a través de los años. Buen viento y buena mar para ti. Espero te encuentres y recapacites sobre los daños que le haces a las personas, a pesar de que tu vocación es sanar. 



¡2017!

Aún es muy temprano para decir que ya casi te asomas. Muchos te están llamando a gritos desesperados, buscando en ti un ápice de esperanza y cambio. El cambio está en nosotros y no en tus hermosos cuatro números. Me gustan tus números. 
Sí me gustaría que vieras cómo me tiro al vacío, como cierro los ojos y como aprendo a apagar los botones que tengo de más. Me gustaría ver en ti eso que todos anhelan en estos días. Te veo como otro momento para seguir creciendo, seguir amando, rescatando los pedazos que de manera estúpida dejé con los años intentando no sé qué. En esos momentos, yo juraba que uno se reestructuraba dejando pedazos enterrados en el pasado. Menos mal ya sé que no era así. Fue un 2016 bello para mí. Piaf lo dijo muy bien en el momento en que me despidió del 2015. Ahora no tengo una canción, pero estoy segura que saldrá eventualmente y lo cantaré al son que me salga. Al son que tengo dentro de mí. 

Aquí te espero, tú ya sabes cómo estoy. Vamo' a hacerlo. 



Mírame


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Oye. Ven, pero no tardes tanto.
Sin opus.



Mírame aquí, envuelta en tus risas y en tus pequeños abrazos. Acá estoy. Mira que no me he ido. Decidí quedarme. Me quité los zapatos. Estamos descalzas. No quiero partir nuevamente. Mírame aquí, respirando tu aliento, aferrándome a tu tacto y tus palabras de amor. Acá estoy. Mira que no me sueltas, ni yo te suelto. Pero no me mires porque te digo, mírame porque aquí estoy. Siempre estoy.

Siénteme. Sé que entrelazas tus manos con las mías porque te reconfortas. Tus suspiros me lo dicen. Sé que me abrazas con fuerzas, sé que me amas. Por favor no dejes de hacerlo. Siénteme, yo sonrío cuando te veo llegar, así sea a consolarte o a tranquilizarte. Ven, que solo puedo darte amor. No sé hacer otra cosa.

Ven, no te vayas por mucho tiempo. 
Mírame, por favor mírame.
Ámame, como siempre lo has hecho.
Déjame ser egoísta. Necesito ser egoísta.
Lee lo que mis ojos te dicen, pero que mis labios no pueden esbozar.
Escucha mis pálpitos, porque las lágrimas no salen.
Siente mi cuerpo, siente como grita.
Quédate conmigo, pero entera.
No te molestes con mi frustración. Yo no te puedo ayudar.



Regresa, por favor. Apenas empezaba a hacerte feliz.



Ven, mírame.

Detalles.


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Me quité los zapatos.
No me pienso marchar.
Opus 46.



No sé como logras apagar la alarma del despertador justo antes que mi cuerpo reaccione, tampoco sé como te levantas sigilosamente de la cama, procurando no perturbar mi sueño. Haces tus cosas, tus religiosas rutinas mañaneras, yo empiezo a moverme, y mis ojos a abrirse de a poquitos. Te das cuenta, me sonríes. Te sonrío y vuelvo a dormir. 
Luego te siento, porque sabes que estoy más despierta que dormida, más concentrada en los ruidos que haces que la comodidad de la almohada, y si estás de buen humor, siento como me despiertas de un brinco, mientras tu cabello mojado gotea en mi rostro. Te ríes, y yo hago pataletas. Luego me río y aunque no lo creas, intento volver a dormir.
Pierdo la batalla cuando te sientas a mi lado, y me sonríes con un café en tus manos, y el buenos días más reconfortante. Estés bien o no, es reconfortante, me hace afirmar que sí, es la realidad, y sí, esto está pasando. Apenas puedo hablar, te respondo con una sonrisa, y la cara de satisfacción cuando entrelazo la taza con mis manos. Y así es, todos los días, con los detalles, las palabras, aunque algunas veces sean más nostálgicas que las otras. 


No sé como logras distraer mis días de mala muerte, o cómo atinamos a estar siempre en el contraste de ser sostenible para ti y viceversa, solo basta que tengas un instrumento cualquiera en tus manos, y la bendita costumbre tuya de "payasear" por absolutamente todo, para luego culparme porque soy la que no puede hablar nada en serio. En este punto te pido perdón por tantas estupideces, es que aún no me aprendo todas tus risas. 

Carta #6: ¿Un cafecito?


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Oye, mira que la vida es corta, y no hay más tiempo para
resentimientos.


Caminemos, y comamos un mango biche mientras lleguemos al café.
Debatamos y haz el pergamino que me convenza de darte la semilla del mango.
Riámonos un poco, y burlémonos mutuamente por cual es más torpe.
Contemos cuantas líneas pisamos, y frustrémonos cuando miremos al frente y nos demos cuenta que nos volvimos a perder.

Ven, y cuando lleguemos al café, sentémonos en una mesa distinta,
y pidamos algo fuera de lo habitual. Yo aprendí a tomar fruppés.
Rompamos el silencio incómodo con preguntas capciosas, y partir de ahí. No será difícil.

Aprovecha y me explicas ese repentino amor por el fútbol, yo te hablaré de bobadas.
Pero no ahondemos en los temas que duelen, al fin y al cabo el café es para las charlas densas.
Por eso pediré un fruppé, y tú pedirás un té de frutos rojos, porque "moraditos" de ese tipo no hay.

Después respiremos profundamente, y recordemos poco a poco lo que era la amistad.
Pero sin mencionar canciones que tengan lugar y nombre. Compartamos el gusto.
Tengo muchas canciones que te van a gustar. Es mi bandera blanca.

Recordemos nuevamente, que antes de la tormenta todo era azul, sin ningún ápice de turbulencia.
Y nos iremos, te dejaré donde siempre lo hago, y yo partiré hacia mi camino.


Y si nos va bien,
y si el universo lo permite...



¿Nos tomamos un cafecito?

Víspera. (No exactamente)


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Oye, respira.
Opus 91



Hace 25 años no tenía un propósito, ni sabía que iba a salir a contemplar el húmedo calor de mi ciudad natal. Tampoco tenía idea del amor profundo de esa mujer que me esperaba con ansias hasta tenerme en sus brazos. No sabía que iba a recibir esa protección absoluta, ni que iba a hacer todo lo posible por salir de ella y chocarme con cuanto adoquín encontrara.

No sabía que la primera palmada del médico que me recibió en esta realidad, iba a ser la primera de muchas bofetadas que iba a recibir, ni que era posible aguantar bofetadas invisibles, esas que son más dolorosas que los moretones. Tampoco sabía que tenía dos apellidos, y que no iba a saber cual era peor.

Pero era la sangre, más que todo. No sabía que en mis entrañas corría una mezcla extraña de oriunda y extranjera; quizás por eso nunca me sentí del todo de aquí, o de allá. Más bien de todos lados, porque no puedo coincidir con la totalidad de las creencias de la tierra que me recibió, o la que llevo lejanamente en mis venas. Quizás por eso prefiero los bosques más que las playas y el océano. Quizás por eso prefiero melodías frías y no tanto las calurosas y sensuales danzas de apareamiento.

Y en mi sangre no había más que complejidad, por ambos lados. Complejidad por los abolengos y el pasado de importancia, de poder, de conquista y de arte, y por el otro de rencor, pero también de otro poder más grande pero oscuro. El matriarcado y el elitismo recorren vertiginosamente sobre mí, y no me deja más que vomitar sus residuos porque ni lo uno ni lo otro, representa este cuerpo débil atrapado en lo que tantos quisieran tener.

Irónico es, que no pedí nada. Ni abolengos, ni apellidos, ni influencias, ni poder en la mirada, ni nada que sea referente a la grandeza, más lo dono casi como sacrificio o tributo a no sé qué entidad magnánima, para que me regale lo único que no vi en mi larga lista de virtudes, defectos y consecuencias: paz.

Hace 25 años sentí el amor por primera vez, y quizás pequé en amarrarlo, impregnarlo y mostrarlo como ejemplo para los amores venideros. Lo supe la primera vez, hace 9 años cuando me lancé a otro amor pero que era distinto; sin protección y sin seguridades. Me di cuenta que algunos amores no son como el que tuve hace tanto tiempo, y decidí buscar otros más allegados a la realidad; nuestra realidad.

Pero los años pasan y el amor se vuelve más complejo y menos amoroso; más condiciones, menos entendimientos y más críticas, exigencias, demandas absurdas. Amor condicionado, como los que recitan todos los domingos en una iglesia barata llena de prejuicios.

Quizás ese amor me hizo desconfiar de los amores que circulaban cerca de mí, y me creó una barrera que los repelara hasta encontrar uno donde haya no más que eso: confianza, reciprocidad, incondicionalidad, y ni un solo rastro de egoísmo.

Pero el amor aquel y el que se vive en este mundo es tan distinto; porque somos débiles, porque somos atraídos al vórtex de lo rutinario, de la maldita necesidad de hacer de nuestras vidas un cassette que se devuelve y se acelera, y así infinitamente hasta desgastarlo. Y buscar otro. Repetir. Repetir.

Pero el amor verdadero, su amor, (y para aclarar, hablo el amor de mi madre, no sé la de ustedes), es tan infinito, por ambos lados, que no existe dolor que pueda superar la primera cargada, la primera lágrima, de miles que brotaron de sus ojos cansados después de yo salir a sufrir en el planeta en que me tocó vivir.

Porque ese amor es incomparable, inconquistable, y solo existe uno, en esta vida, que puede llegar a sus talones y es el amor del espejo de tu alma, donde las máscaras no existen, que te arrastra con todo, demonios y verdades, donde quedan expuestas tus inseguridades y aun así, no hay real temor, más bien se siente un alivio, porque dentro de ese amor hay aceptación, y dentro de esa aceptación, hay transformación. Es amor. 

Unos dicen que se demoran pocos años en encontrarlos.

Ja.

Envidia.


En 25 años se cometieron más errores que muchos, y claramente menos que otros. Afortunadamente los errores son subjetivos y tan únicos como el doliente que los recibe todos los días. Dolores con nombres y apellidos. Lugares, estaciones si es afortunado de vivir en un lugar diverso, o de un solo calor, donde reside este cuerpo de sangre que hierve constantemente.

En 25 años aprendí a amar y a dejar ir. A sentir las cosas más cercanas al odio y a la locura. Nada de eso me gustó, o por lo menos lo digo ahora. Quizás en mis 50 haya aprendido a ahondar en los amores y en sus decepciones, o en la posibilidad remota de volverse huérfano a manera voluntaria, pero hay algo que es seguro; y es que el amor incondicional de la mujer que me sostuvo aún sangrienta y envuelta en retazos de su ser, jamás podrá ser quebrantado o adulterado. Lo puro no se intoxica. No como los otros amores, que cambian con las estaciones del año.

Pero es en la víspera del cuarto de siglo donde me siento a pensar, y a ahondar dolorosamente en los recuerdos, sobre todas las cosas que viví, y que vivieron los otros a mi alrededor; comparándome constantemente, y tratando de hacer una línea paralela, pero sin un resultado óptimo.

Y ahí es donde tuve en cuenta

que la vida

de todos nosotros

gira en un solo sentido

pero el desorden es distinto

o quizás más cercano

pero jamás el mismo

y entonces.

Pero tan solo entonces,

entonces.

Cerré los ojos y miré mi camino.

Y me felicité

por 25 años

excavando mierda

buscando no se qué

hasta que lo encontré.

y, ¿ahora qué?

¿50 años?



Feliz onomástico, Katya.