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Dilema


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Mi dilema es un péndulo infinito, como mis rizos. 

El dilema de sentir y no, de abrir los ojos cuando sale el sol, cuando me ahoga y me arranca las sábanas, las únicas que me permiten profundizar en lo que no puedo esbozar. Todavía no sé si es por miedo o por coraje. 

El hecho es que el coraje me ha puesto en situaciones precarias, donde una de mis muchas muertes está asegurada. Sé que estoy divagando y buscando en lo más profundo de mi ser alguna coherencia, algo que se centre en las ramificaciones de mi mente. Una respuesta, una llamada, una señal de humo, algo que me grite, destruya mi cuerpo y me obligue a detenerme. 

Detener mi camino, detener esta cosa que palpita y quiere salir de este secuestro. Esto es así porque he dedicado mi vida a cavar mi propia tumba, donde he puesto los más íntimos deseos, los más puros anhelos y el egoísmo que me caracteriza, pero que me niego a admitir. 

Constantemente vacilo entre mis sentimientos y pensamientos, como si el sentimiento fuera una maldición y por eso estoy maldita, por emborracharme a puerta cerrada en todo esto que considero prohibido, mientras retoco la armadura acabada que llevo día tras día. Así que me despojo de mí misma ante la oscuridad, donde finalmente logro la comunión conmigo misma, con mis demonios. 

Y esperar, esperar el arrullo del viento, rogándole que me tome en su corriente, y con toda su furia, dejarme en la oscuridad, donde pertenezco, antes de que el sol me recuerde lo infeliz que soy cada vez que abro los ojos.

Sincantora


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Consideraciones intempestivas.
Sin  Opus.


Quisiera decir que salí de esta guerra victoriosa,
incólume, bendecida.

Más bien, parto desmembrada,
descerebrada y desesperanzada.

Sin calor ni amor,
sin tacto y sin aliento.

No encuentro disimilitud alguna,
al estar muerta o en este letargo desesperante.

¿Cómo mover las piernas y deambular?
Las perdí intentando alcanzarte como una anómala,
como una absurda, una borrica.

Te llevaste todo.
Hasta la fuerza para odiarte.

Tiempo (IV)


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Sin opus.

Quiero empezar con una sonrisa amarga. Quiero pensar que esta sonrisa nace del oxímoron, eso que siempre he catalogado como el sentido, o dirección de mi vida.
Anteriormente, me he quejado de tener tiempo, de no saber qué hacer con él, ya sea en desgastarlo en una, en la otra, en todas y ahora en ella.

Ella, que logró que el tiempo se detuviera.
Ella, que dejó el reloj en una gavetilla; y ahora repiquetea infinitamente a grandes velocidades.

Yo no quería tener más tiempo. Yo quería amordazarme, hacer lo imposible para detener el tic-tac que golpeaba mi cabeza. Lo que sea, para sentir que la vida no se acortaba, y que el tiempo en realidad sí se podía detener. Pero no.

Tengo rabia conmigo y con el tiempo, porque vi la gavetilla y escuché el repiqueteo, más fuerte que nunca y con voces alarmantes, apocalípticas, diciéndome que huya, desaparezca, desvanezca, muera y que el mundo se encargue de hacerme volver a nacer en lo más recóndito del universo.

Tengo rabia conmigo y con el tiempo, porque ahora escucho que he perdido todo, y que el tiempo no se detiene; todo era una ilusión y el repiqueteo seguía cincelándome, solo que tenía un alma que me ensordecía y me hacía olvidar; y hablo en tiempo pasado, porque ese reloj en esa gavetilla ya tiene telarañas, y hoy sólo pude verlo. 

Recuerdo mis tiempos pasados, cuando decía que estaba dispuesta a dejar todo de mí a las remembranzas de las demás, si es caso que se lleven pedazos de mi, con tal de desprenderlas de mi vida. Siempre he buscado salidas mentecatas para despojar mis problemas y dejarlas en el olvido, y hoy me pesa como nunca antes me ha pesado.

El tiempo me enseñó a identificar los dejavú. Ahora bien, no siento un dejavú; siento un capítulo nuevo que se escribe sin letras, pero con remolinos garabateados como las manecillas del reloj, todo como burla, como un juego que quise liderar y nunca tuve oportunidad, y todo por dejarle mi reloj a una incauta dueña de mis amores. Nunca más.

Quisiera tener más tiempo.
O en realidad no.
Quisiera no tener más nada.
Quisiera que dejaran de llevarse pedazos de mí.

Quise empezar con una sonrisa amarga. Ésta se desdibujó al terminar la frase. Ahora todo es borroso, y solo se escucha el repiqueteo, mis letras, la armonía de fondo, las gotas que caen, el vino que viaja a mis adentros y mis lamentos.

De verdad, yo no quería dedicarle más lágrimas al tiempo. Aquí estoy.

Temblor


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Édniquis, y la conciencia
Op. 5-11



La muerte siempre nos acompaña.

La muerte le da sentido a la vida, la fiel y sombría acompañante de nuestros caminares. La muerte, tan presente, tímida y letal, la muerte, la dama incomprendida que solo busca amor, pero encuentra rechazo, la fobia colectiva.
Cada vez que te asomas, siento que me llevas a cuenta gotas.
Y muerte, no te sientas mal.

No eres tú, quien debe buscarnos para llevarnos hacia ti, no eres tú, quien debe manifestarse en los días cualquiera, cuando estamos arraigados a otros seres, no eres tú quien debe arrancarnos las felicidades y los recuerdos entrañables que guardamos con recelo, somos nosotros, quienes al final de nuestras vidas, dejamos en el último suspiro el amor de los demás, y nos entregamos a ti, esperando nada más que el suave arrullo de tu voz, y tu abrazo sombrío, pero reconfortante.
Déjame ser egoísta.
Muerte, entiéndeme.

Eres el epicentro del equilibrio, la paz verdadera, el real motor de nuestra existencia, vivimos todo, recolectamos pedazos de corazones, coleccionamos vivencias, experiencias y errores para terminar contigo hasta la eternidad; por eso preferimos no verte, no sentirte, no ver cómo nos despojas de lo que amamos, de quienes amamos, ¿para qué?, si nos tendrás en tus botellas de cristal por la eternidad, cuando la noche eterna nos nuble los ojos, y nos desprendas de quienes con egoísmo, nos amarren a esto tan apreciado llamado vida, una efímera ilusión, donde nos imaginamos cómo sería estar sin ti y el constante repiqueteo del reloj a la inversa, ese que controlas tú, y que puedes manipular a tu antojo.


Somos débiles.

Déjanos en la ilusión.

Un día más, cuatro segundos más, un suspiro más.

Un minuto eterno, o dos.

Una canción, o un aria.

Un grito apasionado.

Hasta que una lágrima seque.

Hasta que no me queden más.

Hasta rogar estar contigo.

Hasta soñarte y anhelar tu abrazo.

Déjanos en la ilusión.

Déjanos en la ilusión.

Y te prometemos,

Que estaremos preparados para nuestro funeral.

Carta #9: Es verdad


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Hola.


Espero que esto no se vuelva costumbre. Nos volvemos a hablar después de el tiempo exacto, y esto no me gusta para nada. Quiero ser breve, siento que si gasto más palabras en las cosas que quiero decirte, terminaré en un vórtice que me podría aniquilar. Las palabras me pueden enredar y quizás te quedes aquí por no sé cuanto.

Entiéndeme.

Entiende que no quiero que sigas acompañándome. En este punto te lo digo a ti y a mí también, porque sé que mis portales se abren cuando te asomas y se envician con dejarte entrar a ver qué tanto daño haces, para luego estar apurados para vomitarte. Eso no es bueno para mí. Honestamente quiero destruir todo y olvidarme que exististe en algún momento. No sé qué hice para tenerte rondando por mi zona de paz. O bueno, sí sé qué hice, pero tú sabes que eso no fue mi culpa.

Te cierro todo.

Te cierro las puertas, las ventanas, todo. Te apago las luces, incremento la seguridad, te cancelo, todo.
Me borro la memoria, me olvido de ti y destierro los lugares que fueron pisados por ti. Se lo dejo a la vida, al universo, a Dios, que dispongan de mí, y me guíen y me llenen de luz y del amor que corre por mis venas.

Adiós.
Adiós.
Adiós. 

Carta #8: ¿Qué tal?


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Hola.


Así que eres el fantasma. Oye, qué lindo fantasma eres, si no fuese porque no soy tan masoquista, te pediría que fueras mi amigo. Ahora entiendo por qué eres tan difícil de hacerte desaparecer. ¿De verdad eres de los que se queda por el resto de la eternidad? En algún punto de mi mente juraba que eras de esos que no sufrieron cuando vivos, y hacen visitas por hobbie, pero ve, no te has ido. Quizás es un deseo absurdo que tengo de que te vayas, y lo exteriorizo a tu realidad. ¿Te vas a ir? 

Por favor, vete.

Normalmente solo me dedico a hablar con los míos, pero a ti te escribo cartas. Una parte de mi quisiera verte en alguno de mis sueños, charlar un poco, preguntarte muchas cosas, saber por qué moriste y por qué decidiste estar en mi mundo. Lo sé, vienes por añadidura pero, ¿no te cansas? Yo no me canso, jamás, así termine en estado terminal. Siempre busco una manera de seguir. Pero en serio.

Por favor, vete.

No es necesario que me apuntes y me digas egoísta, yo sé que lo soy. Yo sé qué deseo y precisamente verte vagando por aquí no es algo que tenga en mis planes, pero como puedes observar, no te puedo ni barrer, ni esfumar, ni absorber con mi aspiradora. Debes irte por tus propios medios, por tus propios miedos, y por los míos. De paso te los puedes llevar también, no los necesito y de verdad extraño mucho respirar con normalidad.

Pero espera.

Antes quiero aclararte por qué quiero que te vayas, y no lo describiré detalladamente, ni escribiré un periódico de razones porque simplemente no las tengo; sin embargo apuntaré lo obvio y te lo repetiré.

Oye,
estás muerto.
Yo,
estoy viva.

Si prometes jamás volver, yo prometo jamás volver a escribirte.

Sinceramente te abrazo, y te suelto. 

K.

Pd: Pensándolo bien, dame mis miedos, yo me encargo de ellos. No quiero una razón más para que me ates a ti, aún así no lo desee. 

Carta #7: Carta a una extraña, que está en un lugar lejísimos un domingo cualquiera.


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Dicen que todos los domingos son como el fin del mundo
¿cómo sobrevives a ellos?
”Esta carta nació de #HelloStranger Escrita el 15 de enero en la mañana
y reescrita hoy 22 de enero.


Querida Extraña.

Siempre he tenido una curiosa relación con los benditos domingos; nunca puedo predecir a donde se dirige o qué quiera hacer con mi vida. ¿Que si es como un fin del mundo?. Sí, claro y de hecho siempre lo he considerado, al igual que cualquier otro ser inteligente.

El invento del domingo como el fin del mundo se da con los años. Recuerdo que en mi niñez añoraba los domingos y sus miles de oportunidades; las idas al mar, la excusa de poner mis pies sobre la tierra húmeda y la oportunidad de conocer otros niños disfrutando de su día preferido. Éramos libres en la tierra y nos metíamos en el mar. Creo que nuestra única preocupación se reducía al clima. Deseábamos más que nunca que el sol estuviese en todo su esplendor, porque sabíamos que nuestro "mundo" se acabaría cuando el atardecer se asomara. Irónico, porque en mi presente lo que más anhelo es que el sol se esconda, para poder decir victoriosa que sobreviví a un domingo.

Y es realmente curioso, cómo es que la visión cambia aunque la posición del sol sea la misma. Cíclica, pero nosotros no. ¿Sabes? No sabría cómo decirte si he sobrevivido más domingos de los que he morido. ¿Morido?. Morido. (Jeje). De igual modo a veces por mero masoquismo dejo que el domingo me lleve con su calor particular, y sus noches húmedas, frustrantes y silenciosas. Por desgracia -o quizás por fortuna- no he compartido con muchos lo que significa el domingo para mi. Todos lo viven cotidianamente, algo que se puede solucionar con un poco de música y una simple cerveza. Ah si, y con compañía. Creo que en el fondo habrán miedos de quedarse solos un domingo con su mente e ideales, por lo tanto huyen de todo; en cambio yo, hago lo posible para escuchar todo lo que pueda: desde mis pálpitos hasta la sangre que corre por mis venas, y me confirma que sí, que estoy viva y que otros problemas van a llegar a mi de manera inevitable.

Extraña, ¿me permites darte un apodo de cariño? Vamos a llamarte Clemencia.

A pesar de que soy una mujer de pocas palabras, disfruto mucho enviarte esta carta, y tengo el presentimiento que poco a poco, harás que te cuente historias, al punto de que te cansarás de leer mis constantes ramificaciones. No importa, de eso se trata conocerme. Y lo siento, si reviví hoy lunes para poder contarte todo.

Y para finalmente, responder a tu pregunta:

Yo
No
Sobrevivo
Los
Domingos.

Los
Domingos
Me
Hacen
Sobrevivir
El
Resto
De
La
Semana.

Es más. Te voy a compartir algo de afuera, para que me entiendas por qué te digo esto. Yo dije alguna vez que no es amor lo que necesito, y creo que aquí explico mi relación particular con los domingos. 


Y tú, ¿cómo lo sobrevives?

Ven acá, ¿y si me muestras cómo lo haces, y vemos cómo lo sobrevivimos en compañía?, claro, por las letras.

Un abrazo, Clemencia.


Rizos.


PD: Aquí pueden ver la respuesta a la pregunta: Todos los domingos son como el fin del mundo, ¿cómo sobrevives a ellos? para la sección #HelloStranger con @clemsinoxígeno