Miércoles de catarsis.


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Ya me estaba acostumbrando a la oscuridad y la soledad de mi habitación. Los fantasmas llegaban nuevamente a mi ser; y los restos de mis dolores se intensificaban de manera apresurada, hasta esta catarsis repentina, que llegó dándole golpes a mi alma. Lloré con la amargura que tanto odio, con ese arrepentimiento intermitente, y esa debilidad que sólo podía ser protegida por mis almohadas. Me tendí y me dejé morir por unos minutos. Dejé que las lágrimas descendieran en forma de corazón, y descansaran en mi árido pecho, permití desmoronarme al pie del espejo que tenía en frente.

"No más", las únicas palabras que musitaban mis labios en ese momento de miseria absoluta, de ridícula rendición. Y las lágrimas corrieron, y las sentí tan corrosivas como el sentimiento que me abordaba en aquella hora de eterna y silenciosa soledad. Y ahora siento que esto es una epifanía, de esas que me hacen despertar de uno de mis tantos letargos.

¿Pero para qué?
Para qué despertarme de mis tan amados letargos de la vida, si estos me han mantenido en el estado catatónico de los últimos meses. Me han permitido sobrevivir y dejar pasar los golpes que me matarían sin misericordia. ¿Para qué? Para despertar aquellas cosas que se pudrieron a causa de la toxicidad y la putrefacción de un amor que se descomponía en mis entrañas. ¿Y si quiero permanecer en este miedo animal? Así, puedo convertirme en bestia, ahuyentar a los demonios que se acercan a mi, y puedo desmoronarme, convertirme en el pequeño felino temeroso y de ojos tristes que se esconde debajo de una mesa cualquiera.

"No más", las únicas palabras que me ardían esbozar, cada vez con más fuerza.

Y la garganta se me cerraba,
y ardía,
y palpitaba,
y lloraba conmigo.

Y las palabras se distorsionaban,
y gemían,
y se ahogaban,
y salían libres.

Y ella me perdonaba,
y las energías,
y la paz,
y la Pachamama.

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